La consecuencia de una ley de salario mínimo no es el aumento del ingreso de los trabajadores menos preparados, sino una reducción de sus oportunidades de empleo.
William Baumol
Thursday, July 2nd, 2009
Hasta la noche del sábado 27 de junio, Manuel Zelaya era una seria amenaza contra el estado de derecho hondureño. Sin rubor, el susodicho aspiraba a tirar por la borda casi treinta años de democracia representativa con el directo objetivo de dar paso a sus delirios reeleccionistas. Al amanecer del domingo 28 la legalidad del país centroamericano era deshecha de un soplido.
Paradójicamente, la Corte Suprema y el Parlamento aprobaron el secuestro y destierro del presidente Zelaya por efectivos militares. Menos de un año atrás el ecuatoriano Rafael Correa tuvo mejor “suerte”: logró ganar un referéndum, cambiar la constitución y poner magistrados a su imagen y semejanza. Hoy tiene la misma base social y legal que el comandante Hugo Chávez, el espejo y mecenas de estos retroprogresistas. Igual hizo el indigenista Evo Morales en Bolivia, recordemos que hizo aprobar la constitución de su país en un cuartel militar.
En pocas palabras, Zelaya fracasó. Pero en su fracaso arrastró no sólo a su país a la oscuridad y la incomunicación con el mundo (por el momento sus seguidores no sabrán de prensa libre, incluida CNN, a la que añoran), sino que con ello pone en jaque a toda la región. Así, lo que esta lamentable situación nos advierte es que América Latina sigue siendo institucionalmente frágil. Demostrándonos que décadas de esfuerzo por vivir bajo el imperio de la ley se pueden venir abajo cualquier mañana de estas.
Sin exagerar, porque la realidad es más exagerada que cualquier paranoia, hoy en día América Latina se encuentra en su hora más difícil. Y aquí Chávez y compañía son la anécdota cruel, pero no el drama mayor. Drama que se centra, antes que la arremetida de hacedores de pobres, en los soportes político-culturales que permiten que ello ocurra. Soportes que los adversarios del paladín del movimiento bolivariano suelen nutrir eficientemente con su irresponsable demagogia, si es que la promesa fácil y el discurso oportunista les permite ganar elecciones.
De ello el peruano García Pérez es el más claro ejemplo. Venció en la campaña presidencial a un candidato “antisistema” como Ollanta Humala empleando un discurso propio de cualquier desaforado “antisistema”. Hagamos memoria, García se opuso hasta el último día de la contienda electoral al TLC con EE.UU. Luego, ni bien ganó las elecciones lo impulsó y rubricó. Cinismo total. Hoy acusa a los opositores al TLC de retrógrados y acomplejados.
Ciertamente este tipo de hechos delata la carencia de un auténtico espíritu cívico, de valores que sostengan un mínimo de solidez al sistema que dicen defender. Pues si la democracia es la forma o soporte por donde se mueven los que aspiran a gobernar, el espíritu cívico es la sustancia. Es lo que los antiguos romanos denominaban vocación republicana, lo que no es otra cosa que brindar lo mejor de sí desde la actuación política. Ejercer docencia y decencia más allá de ocupar o no un cargo público. Precisamente lo que ya no se ve, aquello que empujaba a darle peso y valía a cada palabra que se pronuncia.
Exactamente lo que escasea. En Guatemala el presidente Álvaro Colom es tenido como parte de los que habrán de asesinar a un prominente abogado (Rosemberg). El que denuncia es la futura víctima. Señala en un video que dio la vuelta al mundo que lo van a matar, y lo matan. Y nada cambia. Algo sabía Rosemberg. Y sabía que el entorno de Colom, y acaso el mismo Colom, lo sabían. ¿Mafia, narcotráfico, simple corrupción? Para Colom el poder es lo que cuenta. A su entender, seguir en el cargo de presidente lo vuelve más digno. Y aprovecha ese tipo de “dignidad” a sus anchas, y a toda costa.
Al fin al cabo, como le diría el propio Chávez a Mario Vargas Llosa, él pertenece a las grandes ligas. A esas que el ahora depuesto Zelaya también llegó por vía de elección popular, ¡y bajo las banderas del Partido Liberal! Innegablemente, un liberalismo que nada tiene que ver con el respeto a derechos individuales, democracia y librecambio. Como se ve, la letra no hace el espíritu. Formalmente, el criminal Pol Pot mentaba la soberanía del pueblo tal como el mismísimo Thomas Jefferson… empero, qué sideral distancia entre los sentimientos libertarios entre uno y otro.
He aquí el melodrama del otrora Nuevo Mundo. Este Extremo Occidente que hace dos siglos decidió ser libre y emancipado a punta de “sueños” de unos pocos, nunca de las mayorías. Y no hay que sonrojarse por ello (por las mayorías que su momento no soñaron), sino por el tipo de quimeras que esas minorías nos han legado: tomar el poder para singular provecho suyo y de los suyos, inventando cotos de caza llamadas repúblicas. Esos son cada uno de los estados latinoamericanos.
En ese sentido, la visión de la monarquía hispana era mucho más generosa. Hablar de argentinos, bolivianos, chilenos, colombianos, ecuatorianos, guatemaltecos, mexicanos o peruanos no llevaba tanta gravedad semántica como cuando se hacía referencia a un español americano. Justamente a estos últimos es a los que escribe su célebre carta el deportado jesuita arequipeño Juan Pablo Vizcardo y Guzmán. Él, como tantos, como muchos, no ansiaba una América atomizada y dividida hasta el odio, sino todo lo contrario.
La desunión, los hitos fronterizos, con rabiosos himnos y bélicas banderas serían ocurrencia de los que ganaron las guerras de la independencia. Soldadesca angurrienta y procaz que tiene a Bolívar como su máximo exponente. El que improvisó estados (como Bolivia y Ecuador) por puro enfado contra los que se oponían a sus delirios. El mismo que pretendió formar con sus camaradas de armas un cuerpo de privilegiados, una “nobleza castrense” en virtud de sus méritos libertarios. Totalmente napoleónico, estábamos ante milicianos que aspiraban obsequiarse por propia mano cuotas de poder a partir del imperio de la fuerza bruta.
No pudieron hacerlo, pero lo intentaron. Y ese intento fue el que configuró una manera de entender la política. Desde aquí se funda la latinoamericana tradición del caudillismo, el que hasta el presente impondrá su marca. Tal la base de la autocracia que desde un inicio buscó disfrazarse de legalidad constitucional. Las formas desde las formas mismas (alegoría grafomaniática) y no en los hechos (el esfuerzo de restar las reglas de juego) es lo que nos distingue. No en vano a fines del siglo XIX y comienzos del XX se le llamaba “voto patriótico” a la captura de las mesas electorales a punta de disparos y trompadas. La versión cromañón de hacer “respetar” el voto popular.
Seamos sinceros, la atmósfera democrática de América Latina siempre pecó de fragilidad. Es un estupendo avance el que hasta hoy juguemos a respetar normas y derechos, pero esta extraordinaria vocación lúdica no es suficiente si es que a la par no se tiene un auténtico espíritu republicano. Es decir, un temple capaz de soportar prudente, pero frontalmente, la presencia de personajes como Chávez, los Kirchner, Morales, Correa, Ortega y el mismo Zelaya. ¿Sólo ellos son hijos de Bolívar? ¿O nos olvidamos que en su día Fujimori, Menem y el aún vigente Álvaro Uribe buscaron reelecciones forzando interpretaciones y/o modificatorias constitucionales?
La torpe ocurrencia hondureña no hace más que delatar la cortedad de convicciones auténticamente democráticas en la región. El daño ya está hecho. Colocar a Zelaya como paladín del estado de derecho fue la peor de las ocurrencias de los que dicen haber salvado la Constitución y las leyes. Pura miopía. No comprendieron que con ello abrían la puerta a los antisociales de toda especie. Aquellos que en este mismo instante deben estar urdiendo múltiples asonadas y confabulación en la mayoría de nuestros países. Exactamente en el mismo instante en el que la comunidad internacional reclama que Zelaya sea repuesto en la Casa Presidencial de Tegucigalpa. Tal es la espantosa hazaña de demócratas y de seudodemócratas, lamentablemente eficiente hacedores de nuestras más profundas honduras.
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Tuesday, June 9th, 2009
Sin lugar a dudas, la herida causada la mañana del viernes 5 de mayo en Bagua estará abierta por mucho tiempo. Lamentablemente, tan abierta como tantas otras heridas. De esas que en su acumulación delatan nuestro tercermundismo y la peor de sus compañeras: la barbarie.
Así, entre balas y flechas hay quienes creen que se puede apostar por la globalización y el capitalismo desde la imposición de un decreto legislativo. De igual manera, entre lanzas y machetes hay quienes juzgan que en el sistema de mercado no encajan rostros cetrinos ni aborígenes.
Dos yerros que hoy se enfrentan. En medio gente que, como el que más, únicamente anhela gozar de lo suyo, de lo que tiene, de lo que le pertenece. Y en ese universo de personas los nativos de la inmensa selva amazónica no son las únicas víctimas de una legalidad que los despoja, de una legalidad que dice “es tuyo, pero… de acuerdo a ley…” Y en la ley puede haber cualquier cosa menos la real protección de aquello que se dice que es nuestro.
En ese sentido, todos los peruanos sufrimos de idéntica normatividad. Dándose que aquí lo único novedoso es que los nativos (sus dirigentes) recién se han enterado de los límites políticos de los derechos de propiedad. Es decir, gracias al Decreto Legislativo 1090 miles de personas se estrenan en la comprensión de una normatividad expropiatoria. Una normatividad que nos canta que los predios que son nuestros sólo lo serán si es que carecen de riquezas en su interior, pues si ellas asoman (oro, plata, gas, petróleo, etc.) simplemente no podremos tomarla para nuestro particular beneficio.
Eso es no tener derechos. Eso es carecer del máximo disfrute de lo que se tiene. Es estar impedido de gozar de lo que poseemos a título de dueños, siendo que por lo mismo serán otros los que decidirán por encima de nuestras voluntades. He aquí una legalidad mercantilista, en virtud de la cual la suerte de las pertenencias de la gente (y la gente misma) es decidida desde el despacho de un burócrata.
Por muy buenas intenciones que tenga el decreto legislativo en cuestión, el mensaje recibo por los directamente afectados es contundente: “Tu tierra no es tan tuya. El Estado prima sobre lo que dices que es tuyo”. Eso es lo que reza el artículo 66º de la Constitución de 1993 cuando señala que los recursos naturales son patrimonio de la nación y que por lo mismo el Estado es soberano en su aprovechamiento. Para los nostálgicos, el artículo 118º y subsiguientes de la Carta de 1979 no era muy distinto.
Cualquier deseo de llevar a los miembros de las comunidades nativas de la Amazonía a otros dispositivos del mencionado decreto carece de relevancia frente a esta expropiatoria mención. Al fin y al cabo, la referida norma no hace más que desarrollar el antes citado texto constitucional. Como se ve, no estamos ante ninguna novedad. Legalidades de esa traza son más antiguas que la república peruana. En nuestra tradición jurídica, el altomedieval derecho del Reino de Castilla (siglo XIII) se erige como el precursor de este tipo de dictados absolutistas.
Ciertamente hay quienes tomarán este desencuentro como parte de las distancias entre el “país legal” y el “país real”. Pero de qué tipo de legalidad hablamos. Igualmente, qué tipo de “realidad” invocamos. ¿Plantear el tema de Bagua como la eterna lucha de resistencia aborigen frente a las injusticias de los occidentales capitalistas es asumir las cosas tal como realmente son?
Lo dudo. Mas lo que no dudo es que este problema se sienta sobre una base mayor que acaso sólo la sensibilidad de gente tan apegada a la tierra pueden captar: que no hay progreso sin derechos. Y esos derechos no son regalos ni dádivas de gobierno alguno. Por lo mismo, nadie desde el poder puede ponerlos en duda, sino meramente reconocerlos. Únicamente de ese modo podremos alejar a los antisociales (siempre actores políticos) que se aprovechan de los comprensibles temores de hombres y mujeres que sólo claman por vivir en paz.
Ahora, ¿quiénes son los bárbaros? ¿Aquellos que usan la ley para anular pertenencias o los que defienden lo que es suyo? Si el hoy prófugo Pizango pedía que se derogara el Decreto Legislativo 1090 ello demostraba su carencia de visión. No era un líder de verdad, sólo un simple oportunista aupado por el chavismo. Un auténtico defensor de los derechos de su gente estaría exigiendo la modificación de la Constitución para que todos los peruanos gocen del derecho de ser propietarios a carta cabal, y no a medias tintas. He aquí una tarea pendiente de todo buen republicano, de todo ser civilizado.
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Wednesday, May 2nd, 2007
Debería ser sencillo comprar mano de obra, destrezas, rentar habilidades y específicos conocimientos. Debería… digo… Es un sueño… Un anhelo. Acaso una locura, pues así como vamos todo argumento simplificador sabe a desproporcionada anacronía o a artera canallada.
Tal es como están las cosas. Desde hace buen tiempo todo asomo de simplismo viene a ser una completa “improcedencia”. ¿Un atentado contra la civilización? Al parecer, sí. El “derecho” fabricado ex profeso por políticos y juristas (cada vez más idénticos, por ello hace mucho que no se les distingue) desde hace varias lunas poco o nada tiene que ver con ese otro derecho que uno entiende tan válido como elemental: el derecho a trabajar libremente. Entiéndase, ser empresario en el más amplio alcance de la palabra. Emprender, realizar, llevar a cabo, todo aquello que acomete tanto el más humilde obrero como el más encumbrado ejecutivo.
Así pues, hoy por hoy todos somos empresarios. El sabernos dueños de nosotros mismos y tener plena capacidad para ofrecernos a nuestros semejantes. Sea desde el lado “proletario” como desde la vereda del “patrón”, nada debería impedir conexión alguna entre ambos campos de interés. Empero, hay quienes juzgan que todo esto no tendría por qué ser tan liviano. Es decir, estamos ante quienes entienden que lo que debería ser sumamente fácil debe ser por demás complicado. Y todo por un “elevado” sentimiento de justicia (social, por supuesto). Ese “sentimiento” que hace que la voluntad de las partes no sea de mayor relevancia frente a lo que alguna novísima doctrina jurídica y la propia ley en la materia preceptúen. Sin rubor, el derecho laboral nos cuida tanto que nos anula como dueños de nuestros propios destinos. Para él todos somos potenciales incapaces.
Desde ese soporte, la minusvalía de los contratantes se presume. Esa es la naturaleza del denominado moderno “derecho laboral”. El celo paternalista del estado no admite renuncias a “derechos”. Toda una rareza, pues la esencial del derecho siempre fue la eterna posibilidad de intercambiar mercancías, derechos sobre bienes, pertenencias, valores. Justo lo que es el trabajo. Como se ve, en lugar de que esta disciplina nazca de la particular casuística de quienes pactan servirse mutuamente dentro de un ámbito determinado (el laboral), tenemos que la misma se eleva por sobre lo dado y existente para imponerse desde sus quimeras, incluso más allá de toda consecuencia. De esas que nacen a partir de los innumerables obstáculos y vallas que el estado introduce en su dizque justiciero cometido por dignificar al trabajador, siendo que lo único que logra con ello es socavar los cimientos de una relación (la del empresario-trabajador) que debería regirse por el mero contrato entre las partes antes que por aquellos metafísicos y disparatados meandros del abiertamente anticapitalista derecho laboral.
Cierto, si el país se mueve y produce hasta niveles de crecido optimismo (como en Ica, Lima y Trujillo) es porque el grueso de la PEA es absorbida por aquellos empresarios que son obligados por el estado y sus secuaces a eludir la ley, pues de otra manera su única opción sería la no crear, no producir, no dar trabajo. Así, comprendamos de una por todas que lo único que anhela un empresario es hacer rentable su negocio. Y para que ello suceda siempre le será menester contar con un personal acorde a sus intereses. Léase, la necesidad de contratar trabajadores, y a estos la necesidad de ser remunerados por el oficio que desempeñan. Todos inmersos en un mismo objetivo: ganar, lucrar.
Exactamente un universo de situaciones que la demagogia y la burocrática miopía de los que administran el estado y la legislatura no asumen. Y ello porque desde su mundo imaginario (ocurrencias “iusfilosóficas”) no sospechan que lo simple también es hermoso. Precisamente un excogitar al que escasamente le importa enterarse y mucho menos alarmarse de que el Perú sea uno de los 20 países más rígido del mundo en materia de legislación aboral (según el Banco Mundial). Espantoso honor. Sin lugar a dudas, he aquí la causa de la alta tasa de informalidad que poseemos (alrededor del 80%, según cifras estatales). Obviamente, directa consecuencia de esta preferencia por el derecho laboral antes que por la libertad laboral.
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Tuesday, December 5th, 2006
Si hubo alguien que rompió con la moda de ser de izquierda ese fue Milton Friedman. A partir de su obra muchas personas en el mundo dejaron de sentir vergüenza por creer en las libertades individuales y la propiedad privada. Gracias a él proclamarse capitalista ya no es motivo de escarnio, sino que es tenido como un simple y respetable punto de vista.
Ello no es poca cosa. La eficacia de tuvo para difundir las bondades del ideario liberal fue contundente. En esa medida su aporte fue insuperable. Ni la potencia conceptual de Mises ni la erudición de Hayek (dos ortodoxos) lograron los niveles de difusión que sí supo alcanzar este hijo de inmigrantes judíos austro-húngaros asentados en Nueva York. Por lo dicho, será imposible auscultar las últimas tres décadas del siglo XX sin su contribución.
Esto es de suma importancia, pues el progresivo abandono de las políticas keynesianas y la apuesta por el comercio libre tienen a Friedman como su máximo inspirador. Cierto, mas hay que resaltar que la era de la apertura de mercados y del repliegue del Estado Benefactor no tuvo su punto de partida ni en la Inglaterra de Thatcher ni en los EE.UU. de Reagan, sino en una pequeña nación sudamericana: Chile (1976).
Sintomático, Friedman no era el más radical de los liberales. Su propuesta jamás puso en tela de juicio la posibilidad de que el Estado se alejara de todo de la economía. Como se ve, no era ningún abolicionista. A lo mejor ese detalle fue lo que le permitió mayor aceptación y aplausos. Y ello especialmente en una región donde siempre se suele coger lo “menos puro” con el único propósito de retrasar lo más posible todo verdadero cambio.
“Convencer” a un anglosajón para que se adscriba al librecambio no es ninguna proeza, pues sólo hay que recordarles su vieja tradición individualista. Pero “convencer” a un latinoamericano de lo mismo sí que es un mayúsculo problema. Salvo el caso de la Argentina de fines del siglo XIX e inicios del XX, nosotros carecemos de ese tipo de referentes históricos (aunque francamente “peor” tuvo que ser intentar venderle el discurso del laissez-faire a los chinos).
Con todo, los chilenos fueron los primeros que compraron sus programas. Allí directos discípulos suyos (los “Chicago Boys”) serían los que lleven a cabo aquellas reformas que los encaminaron por las vías del desarrollo. Desde entonces Chile puede soñar fundadamente que el Primer Mundo también le es posible. De otra forma la brutalidad y villanía del pinochetismo hubiese pasado como el que más de los regímenes tercermundistas, precisamente ahí donde el viejo Milton no estuvo presente. Todo lo contrario a lo que ocurrió en cada una de las experiencias nacionales citadas, pues en ellas Friedman puso su sello y firma.
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Wednesday, September 13th, 2006
Cada vez me convenzo más del carácter de gran estorbo que es el Estado para el progreso de la civilización. Y ello porque asumo que la ruta hacia ella siempre fue un perenne intento por dejar de lado todo tipo de agresión y violencia con el exclusivo fin de no estar supeditados compulsivamente a nadie. Así pues, ¿de dónde sale la absurda convicción de que es por intermedio de quien se jacta de tener el monopolio del poder y de la fuerza —el Estado— que nos encaminaremos por tal senda?
Toda una rareza, pero no incomprensible. Cuando la más de mil veces denostada invisible hand de Adam Smith advertía que el librecambio y los negocios promovían la riqueza de los pueblos, en el acto los corifeos del antimercado blandieron sus innumerables reparos. Reparos que no hicieron más que retrasar la posibilidad de que enormes cantidades de seres humanos pudieran beneficiarse de productos a más bajo precio y acaso mejores de los que monopólica y/o mercantilistamente se les ofrecía. Sin duda, pocos fueron los que sospecharon que la revolución que ofrecía el laissez-faire era más radical y contundente que cualquier asonada desde el poder político.
Quizá la espectacularidad y el boato que acompaña al Estado, a los políticos y a la política tengan mayor nivel de “persuasión” que cualquier otro tipo de argumento. Y no lo dudo. Decir que a través de la mayor libertad posible de acción se solucionarán los problemas sociales debe sonar muy aburrido frente a quienes juzgan que, salvo el poder, todo es ilusión. Serio problema, teniendo en cuenta que durante milenios se ha entendido que es básicamente por medio del control, de la represión y del dirigismo que se llega a la tierra prometida, y no sin que antes caiga el respectivo maná del cielo.
Caminos a escoger: o el free to choose de Milton Friedman o su completo opuesto. Es decir, o el comercio y los mercados o aquello que va desde el sedentarismo autista hasta lo sospechosamente “acompañante” (“promotor” también le dicen) de lo directamente empresarial. El dejar hacer, dejar pasar versus aquella enorme variedad de pretextos para “no hacer” tanto como se quisiera ni que “pasen” todos, sino acaso sólo algunos.
Si en la primera vía solamente se requiere de ausencia de trabas para producir riqueza, en la segunda la “racionalidad” (lo “moderno”) se sopesará a partir de la necesaria existencia de esas mismas trabas. ¿A lo mejor es malo crear capital? ¿Y será porque ganar y superarse lleva el sello de lo no santo, de lo moralmente evitable? Pregunto: ¿vencer la miseria es una escandalosa humillación para los que quedaron atrás? Y entonces, ¿por eso es que se asume que será el Estado, los políticos y la política quienes se encarguen de frenar, limitar o simplemente desbaratar todo afán triunfador de los particulares? ¿Será él quien lleve a cabo tal misión? ¿Por qué? ¿Porque es malo producir mejor y más barato?
Nos son precisamente las inmensas preguntas celestes, pero es obvio que en muchas de las aversiones al capitalismo hay una fuerte predilección por buscar en las nubes aquella perfección que el hombre no tiene ni tendrá jamás. Esa vieja vocación por huir de la realidad. El no querer aceptar individualidad alguna porque altera y ofende a los atávicos sueños. O delirios, que es lo que lo estatal lleva a cuestas, sin importarle siquiera a quién es al que arrastra.
Curioso. Que yo sepa, el Estado no crea nada ni produce riqueza alguna. Sin embargo dilapida arteramente la que la gente produce en el mercado, ese mercado que le es tan altamente sospechoso y malquerido. Ese mismo antro al que atiborra de obstáculos a pesar de vivir de él. Exacto, al que perturba con sus ponzoñosas normas, las mismas que las impone al margen de las más acabadas razones y derechos. En pocas palabras, la sombra del primitivo prehumano dispuesto a repartir garrotazos a diestra y siniestra lo configura y define de cabo a rabo. Puntualmente aquello que no encaja con lo que civilización pretende. Bueno, salvo que alguien tenga una manera distinta de concebir lo civilizado. He ahí el detalle.
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Sunday, June 18th, 2006
¿Es exagerado decir que la eliminación del trabajo infantil sería un acto inhumano y criminal? Por lo pronto anularle a cualquier persona la posibilidad de poder satisfacer sus más elementales urgencias vitales es un evidente acto de crueldad. Entonces, por qué pensar que impidiendo que los niños trabajen se les estará haciendo un gran favor. ¿O es que se cree que los niños inmersos en esta situación lo hacen por una insondable vocación autodestructiva o por la pura perversión de sus padres?
Una manera muy extraña de mirar las cosas. Si tal hecho acontece es porque no les queda otro camino, siendo que impedirles alcanzar por su propio empeño todo aquello que hoy en día carecen es un directo convite a la a la inanición. Peligroso, el romántico afán de protegerlos bien puede convertirse en un elemento represor contra los más pobres. Claro, salvo que se piense que el estado puede resolver cada uno de los motivos que hicieron que esos niños se dediquen a trabajar.
¿Alguien cree realmente en eso? Bueno si ello fuera así entonces tendríamos que procurarnos de un sistema estatal altamente sofisticado. Todo un armatoste de beneficencia y asistencialismo que ni los países más ricos del mundo han logrado tener jamás. ¿Inocentes elucubraciones? Si se juzga que ello es dable entonces debemos entender que el mundo mágico (¿de Disney?) de los bien intencionados ha destrozado todo viso de cordura y sensatez. Y si ello es así en lo blanco y limpio, cómo será en el igualmente irreal y ensoñador pero no tan níveo ni acicalado delirio de la sociedad sin clases y del paraíso de la perfecta igualdad. En todo caso, ¿por qué la sociedad tiene que financiar compulsivamente los anhelos altruistas y caritativos de unos cuantos justicieros?
Luchar para que dos millones de niños y adolescentes dejen de trabajar y se pongan a hacer cosas de su edad (como estudiar) huele a una total quimera en un país donde el 50% de la población vive en la pobreza (más de 13 millones de personas). Una quimera que fácilmente puede terminar produciendo el peor de los efectos: acentuar más la miseria tanto de los menores de edad como de los demás que dependen de su valioso aporte (hermanos menores, ancianos y enfermos). Es decir, la obsesión por frenar la fuerza laboral infantil a través de una legislación especialmente diseñada muy bien puede contribuir a condenarlos a la sempiterna carencia o, “en el mejor de los casos”, a tornarlos completamente dependientes del estado.
Si esto último se diese tendríamos que soportar una generación de parásitos finamente adiestrados para esperarlo todo de los demás y sin ninguna contribución de su parte. Abiertamente, un ejército de impúberes y púberes que nunca sabrán generar ese aleccionador apoyo que generaciones de infantes siempre han brindado a los que venían por delante. Así pues, el grueso de las personas que en el presente ostentan formalmente un “envidiable” nivel educativo provienen de familias originalmente nacidas del duro trabajo de unos abuelos que no dudaron en sacrificar su propia infancia con tal de vencer la adversidad y su casi analfabetismo en aras de labrarle a los suyos un futuro más prometedor que el que ellos tuvieron.
Innegable, fueron estos hombres y mujeres los que supieron darles a sus descendientes un nivel superior de vida a partir de un esfuerzo que las más de las veces comenzó en la infancia. Lo que no partió de ningún novelesco afán de superación personal, sino por unos muy primarios apremios por llevarse algo a la boca y no sucumbir. De esta suerte, cuando veamos un niño trabajando reparemos que el proceso capitalización humana y material que ello reportará ulteriormente es insustituible por cualquier política pública. Nada lo imita ni lo reemplaza. No hay sucedáneos de por medio.
Ello debe de tenerse en cuenta antes de proponer mutilar cada hebra de quien entiende que puede remediar los imponderables de su existencia por propia mano y desde muy temprana edad. No perdamos la perspectiva. El trabajar por diversión es un lujo que se pueden dar unos pocos. La gran mayoría lo hace por necesidad, una necesidad que nos debe invitar a sospechar que lo que se requiere es tan simple como importante: combatir la esclavitud y la trata de seres humanos. Un flagelo que va más allá de las edades, y que involucra a todas las personas por igual. Ciertamente la mejor forma de ver por los niños, comprobando si sus derechos son tan respetados como los de cualquier adulto.
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