La consecuencia de una ley de salario mínimo no es el aumento del ingreso de los trabajadores menos preparados, sino una reducción de sus oportunidades de empleo.
William Baumol
Friday, July 30th, 2010
Haciendo un balance multitemático, el actual gobierno deja un país económicamente sólido en medio de una de las más virulentas crisis financieras mundiales, cautivando así a inversionistas globales que nos ven potencialmente como un hub regional. Latinoamérica, por cierto, no es –en estricto- un espacio atractivo: salvo contadas excepciones, es vista como inestable e irresponsable, por lo que nuestros avances destacan por partida doble. Al interior de nuestras fronteras, diversos grupos confabularon -los últimos cuatro años- con el fin de escalar los problemas sociales al punto de la insostenibilidad del gobierno, poniendo irresponsablemente en riesgo todo lo avanzado.
Dicho esto, sería muy mezquino sostener que el segundo gobierno aprista fue en general malo: reformas importantes en el área de educación y trascendentales proyectos de infraestructura -culminados y otros trazados-; el mantenimiento de la independencia otorgada a los ámbitos fiscales y monetarios, así como una responsable y equilibrada política exterior desde Cancillería; la culminación de los Tratados de Libre Comercio y la apuesta por encaminarnos globalmente como una Marca País, son probablemente los aspectos más destacables que deja éste gobierno.
Sería, de igual manera, exagerado calificarlo como exitoso. Ganada la estabilidad económica y social durante el gobierno anterior, este pudo ser un lustro de reformas importantes que nos catapulten –de manera directa- a un programa de crecimiento y desarrollo sostenido, uno que nos encamine -de una vez por todas- a ser parte de los llamados “desarrollados”, tarea que sin duda tomará más tiempo del que algunos suponen, pero que será imposible de lograr si seguimos retrazando las reformas pendientes. Lamentablemente, ésta era una oportunidad tendida: los recursos disponibles, la crisis que ameritaba las reformas, y un gobierno con mayoría para realizarlas.
El listado, obviado en el discurso presidencial, incluye una seria reforma laboral –dirigida a promover la competitividad- y tributaria -dirigida a formalizar la economía emergente-; una reforma de las instituciones claves que aseguren la protección de la propiedad privada, así como del Estado de Derecho; una reforma del estado que ajuste al mismo al tamaño de nuestra economía -y no al revés como es hoy en día-; reformas indispensables en los marcos regulatorios que incentiven la productividad del sector Servicios, punta de lanza de toda economía desarrollada; devolver a manos privadas aquello que no compete al rol del estado; erradicación de todo arbitrario beneficio otorgado; entre otros.
Muchos creen que el camino al desarrollo está garantizado; lamentablemente, las cosas no funcionan así. Uno no llega a un destino para el cual no se ha preparado. Si queremos un Perú desarrollado sólo queda actuar en concordancia; y nosotros, pues recordemos que el voto refleja nuestra propuesta respecto a qué Perú queremos.
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Saturday, July 24th, 2010
En las últimas semanas el Banco Central de Reserva (BCR) se ha dedicado a comprar dólares como si el mundo se acabara mañana. Son más de 900 millones de dólares los que ha adquirido desde principios de junio, que se suman a los 315 millones del mes de abril y a los 2,340 millones del primer trimestre del año. En total, el BCR ha comprado más de 3,500 millones de dólares en lo que va del año. Para poner este número en perspectiva, equivale a un 20%, quizás más, del valor total de nuestras exportaciones en el mismo periodo. Aunque oficialmente diga lo contrario, es evidente que el objetivo del BCR ha sido y es evitar una caída más pronunciada del tipo de cambio. Sin pretender aquí juzgarlas, es evidente que la intervención del BCR tiene pros y contras, lo cual nos lleva a una sencilla pregunta: ¿Qué pasa si libera el tipo de cambio?
La masiva y unilateral intervención del BCR, que desde el segundo trimestre del 2009 no ha vendido un solo dólar –solamente ha comprado–, no ha podido detener la tendencia a la baja. Al comenzar el segundo trimestre del 2009 el dólar se cotizaba a 3.16 soles; al cierre del año, a 2.89 soles; y últimamente se cotiza alrededor de 2.82 soles. El temor que motiva la intervención –que no es sino el temor de ciertos grupos particulares, tales como los exportadores o los profesionales independientes que facturan sus servicios en dólares, o de los bancos que han prestado soles a clientes que reciben dólares– es que el tipo de cambio siga cayendo.
¿Qué ha ocurrido para que el tipo de cambio caiga como lo ha hecho en los últimos 15 meses? Para empezar, hemos tenido un superávit comercial (exportaciones menos importaciones) de casi 6,000 millones de dólares el año pasado, que es casi el doble que el superávit comercial del 2008 y que sigue creciendo en el 2010. Quiere decir que le vendemos al resto del mundo mucho más de lo que el resto del mundo nos compra a nosotros.
Algo tenemos que hacer con los dólares que nos quedan entre manos. Lo natural sería que los invirtiéramos en el exterior: depositándolos en una cuenta en Miami, comprando acciones en la bolsa de Nueva York, adquiriendo una empresa en Argentina o un departamento en París. Si la inversión en el exterior fuera equivalente al superávit comercial, la oferta y la demanda de dólares se habrían equilibrado y el tipo de cambio se habría mantenido estable. Pero el hecho es que mientras los peruanos invertían en el exterior poco más de 4,000 millones de dólares en el 2009, había inversionistas extranjeros que querían invertir mucho más, arriba de 5,700 millones de dólares, en el Perú. O sea que, lejos de compensar el superávit comercial, la inversión neta del exterior hacia el Perú aumentaba la oferta de dólares en el mercado interno. Y en el primer trimestre de este año, los peruanos desinvirtieron más de 600 millones dólares en el exterior, mientras que los extranjeros traían casi 1,700 millones más.
Frente a estos movimientos de capitales, es poco o nada lo que el BCR puede hacer. Su actitud, podríamos decir, es quijotesca. Significativamente, gran parte de la inversión extranjera que ha llegado al Perú en todo el 2009 y el primer trimestre del 2010 no es inversión de portafolio (compra de bonos o acciones), que podría calificarse, a riesgo del calificador, de “especulativa”, sino inversión directa en la compra de propiedades y empresas o en aportes de capital a operaciones ya existentes.
¿Qué pasaría, entonces, si se dejara libre el tipo de cambio? Pasaría que, mientras el Perú sea una plaza de inversión más atractiva que otras, seguirían llegando más dólares de los que se van. El mercado internacional está diciendo que se puede hacer un uso más productivo de los recursos en el Perú que en otros lados. El tipo de cambio seguirá cayendo mientras haya un flujo neto de inversiones hacia el país. La única manera de equilibrarlo y estabilizar el tipo de cambio es mediante un déficit en la balanza comercial. Eso quiere decir: exportar menos e importar más.
Exportar menos puede parecer un contrasentido, pero es lo que se requiere para reorientar algunos recursos productivos hacia su uso más valioso, que hoy parecería estar en el mercado interno. El verdadero contrasentido es la intervención en el mercado cambiario, que en la medida en que consiga atenuar la caída del tipo de cambio, les está diciendo a los empresarios que sigan utilizando recursos en actividades menos productivas. Cuando el BCR compra los dólares a un precio mayor que el que se establecería en un mercado libre, les está dando a ciertos exportadores una rentabilidad que el mercado no les daría.
Es fruto del desconocimiento que mientras las autoridades políticas y monetarias y los líderes empresariales y los medios ensalzan las virtudes del Perú como un destino para la inversión, al mismo tiempo muestren preocupación e inclusive exijan que se tome acción contra lo que no es sino una consecuencia lógica de esas virtudes: la caída del tipo de cambio o, dicho de otra manera, la apreciación de nuestra moneda.
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Thursday, July 22nd, 2010
Los recientes acontecimientos alrededor del criminal fenómeno terrorista en nuestro país han resucitado en cierta ala del progresismo local la letanía de la pobreza y desigualdad socioeconómica como factores primordiales detrás del desencadenamiento de la barbarie. Es decir, según ésta versión, los orígenes del terrorismo en el Perú se remontan a la inequitativa distribución de la riqueza.
Alberto Abadie, de la Universidad de Harvard, presentó hace unos años (2004) un interesante estudio sobre las raíces del terrorismo a nivel mundial, tanto sobre el que acontece a nivel local como el que actúa a nivel internacional. Según la data recabada y analizada, el riesgo de ataques terroristas no es más alto en países de bajos ingresos –y de mayores desigualdades, medido vía el Coeficiente de Gini- que en aquellos de altos ingresos; si bien estudios como el de Alesina y otros (1996) sugerían una mayor probabilidad de violencia en países de menores ingresos, éstas estaban referidas a violencia social y crisis política, no así a fenómenos del tipo terrorista. Los resultados de Abadie, en todo caso, van de la mano de otros estudios que no encuentran mayor relación entre brotes de violencia terrorista e ingresos, tales como los de Krueger y Laitin (2003) y Piazza (2004).
No obstante, al relacionar el riesgo de violencia terrorista con libertad política -como variable- se encuentra una relación no-lineal, semejante a una U invertida. Abadie interpreta este hallazgo de la siguiente manera: por un lado, las practicas represivas comúnmente aplicadas en países autoritarios minimizan las posibilidades de brotes de acción subversiva; por otro, en periodos de transición política –léase, durante la transición de un régimen autoritario a uno más democrático- los gobiernos son percibidos como débiles, razón por la cual la inestabilidad política es mayor y las condiciones para el brote terrorista se acentúan. El surgimiento de Sendero Luminoso, a mediados de 1980, en pleno proceso de transición política, es un ejemplo de ello.
Lo que se plantea, a nivel general, es la existencia de un intercambio –trade off- entre libertades políticas y riesgo de violencia terrorista; las soluciones óptimas no estriban, por supuesto, la reducción de las primeras, empero la primera razón de ser del estado es brindar seguridad sobre la vida y propiedad de sus ciudadanos.
El surgimiento del terrorismo en el Perú tuvo más que ver con la oportunidad política y la insana convicción ideológica de un grupo de asesinos dispuestos a todo para llegar al poder; empero, el punto central sigue vigente: ¿Cómo lograr, bajo un régimen democrático, asegurar la vida de los ciudadanos minimizando el riesgo de la violencia terrorista?
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Monday, July 19th, 2010
¿Qué hace un amante de la libertad clamando por el derecho al matrimonio? No lo entiendo. Que hablen con los casados para que les digan lo que ello significó es sus espectaculares vidas. Que hablen. No conozco a ningún ser humano medianamente lúcido que no exprese su arrepentimiento. Por lo mismo, ¿por qué tanta alharaca con esto del matrimonio gay? Estoy de acuerdo con que les prohíban el casorio, pero no solo a ellos: sino a todos, absolutamente a todos.
No es una broma. He amanecido extremadamente sincero y romántico. Miren. El Estado desgracia con sus ocurrencias. Si Jorge y Carlos creen que la felicidad está en lograr los mismos derechos que Alberto y María se equivocan, pues éstos viven encadenados más allá de sus propias voluntades. ¿Y dónde está la igualdad de derechos?, me dirán. Respondo: ¿Toda lo que está en la legislación es propio del derecho? Entiendo que el derecho no es otra cosa que la misma libertad, precisamente lo que el matrimonio promovido desde el Estado niega a través del derecho de familia (por cierto, en este rubro no existe igualdad alguna entre las partes en litigio).
Los grupos y particulares que promueven el matrimonio entre homosexuales no asumen que su marginalidad no es un pecado, sino una bendición. Son libres de entrar y salir de la relación cuando quieran. No tienen más amarras que el propio amor, las ganas o la necesidad de acompañarse. Por lo mismo, ya tienen de por sí un gigantesco universo de motivos para pensarlos mil veces antes que hacer añicos sus uniones. No necesitan del Estado para hacerlas más férreas. Es lo contrario, las torna forzadas, hipócritas e insinceras: ¿Me quieres por mí mismo o por lo que te puede tocar en el reparto según el abogado?
Cuando las estadísticas resaltan la elevada tasa de divorcios a nivel mundial (exclusivamente heterosexuales), los grupos de presión gay intentan ir contracorriente. Y lo están logrando. Y lo lograrán. ¿Serán ellos el más duro filón del “hasta que la muerte nos separe”? Ríase. Sí, suelte las carcajadas. Destorníllese de risa. También se separarán. Claro que lo harán… Y ahí conocerán lo que la ley les facturará.
Vean. Hasta antes de la “moda” del matrimonio estatal, las uniones conyugales eran un asunto completamente privado. No había más fórmula y modo que el que las parejas establecían de acuerdo a sus viejas costumbres. Por entonces el casorio era tan importante y sagrado que todo quedaba en el ámbito de la familia y de la propia comunidad. No existía ninguna injerencia legal. Todo era un concierto de moralidad tan eficaz que nadie discutía su naturaleza. Claro, por entonces el amor no contaba. Igualmente, el credo católico-romano-apostólico tampoco se discutía.
Verdad. Fue la reforma protestante la que obligó a que el “sacramento” del matrimonio (entre hombre y mujer, las únicas posibles por entonces) se concretasen vía el aval del Estado. Será éste, desde su faz confesional, el que le otorgue a la Iglesia el monopolio del fondo y de la forma nupcial. Una alianza que durará hasta bien entrado el siglo XX, pues sólo la Iglesia oficiaría matrimonios. Ello hasta que las corrientes laicas propicien la ruptura entre el clero y el poder político. Erróneamente, en esa ruptura se le atribuyó al Estado la facultad de casar. ¿Para qué? ¿Qué necesidad había? Es la otra cara del laicismo: pretender reemplazar a la Iglesia haciendo del feligrés un ciudadano. La misma cosa. Ovejas del Señor.
¿Y el amor? Nada. Es a partir de fines del siglo XVIII e inicios del XIX que las personas van logrando el derecho de poder escoger por su cuenta y riesgo (¡y qué riesgo!) su propia compañía. Antes la decisión era familiar, pues lo que se buscaba era proteger y/o acrecentar el patrimonio. Como decían las abuelas de entonces: “No te preocupes mi niña, ya aprenderás a quererlo, es un buen partido”. Al fin y al cabo, somos animales de costumbres. Al pasar el tiempo, la inicial llorosa niña aprendía a “amar” al marido al que la habían entregado. Así, eso de elegir la “otra mitad” es de reciente data. Muy breve y frágil. Por lo mismo, lo del amor y del matrimonio como casi sinónimos es tan raro como discutible. Algunos dicen que no van de la mano, que son antagónicos. Yo no lo sé.
Pero parece que el mundo gay sí lo sabe, por ello cada una de las razones aquí anotadas no le van. Les resbala. Quieren boda y pastel con sello de burócrata a como dé lugar. Sueño en rosa. Anhelan morar dentro del “paraíso” estatal porque juzgan que es lo mejor que le puede pasar a cualquiera. Curioso, lo opuesto es lo que sucede con los heterosexuales.
Que el amor no se ponga en duda. Si alguien tiene miedo a la soledad, que se compre un perro. Si otro detesta pagar las cuentas de fin de mes… ¿que la ley actúe? Eso es realmente lo que se mira: las carísimas dádivas del Estado Bienestar. Únicamente desde ese ángulo podría asumirse la dicha nupcial. ¿Que la sociedad asuma lo que los individuos no pueden por sí mismos? Sí es así, entonces recordemos a Eloísa, quien antes de preferir ser la esposa de su amado y muy amputado Abelardo (el amor le costó el pene), entendía que era mejor ser su ramera antes que asesinar al verdadero amor.
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Friday, July 16th, 2010
Terminada la fiebre mundialista, la realidad económica vuelve a ser noticia en los titulares extranjeros. Recientemente, el Fondo Monetario Internacional (FMI) presentó sus revisiones respecto al crecimiento esperado para el 2010 y 2011; según el Fondo, el crecimiento mundial del presente año será 4,5%, cayendo un cuarto de punto (0,25%) en el próximo año. Casi todas las instituciones proyectan un 2011 con menor actividad económica producto de dos variables: la primera es el retorno de los inventarios a niveles “normales”; la segunda es el retiro de los estímulos implementados a nivel global.
No obstante, tanto el Fondo como los demás analistas sostienen que la actual recuperación económica se encuentra sujeta –aún- al riesgo de una crisis financiera sistémica, tanto por el lado de los déficits fiscales como por el lado de la banca privada (lo cual se visibiliza a través de las tasas interbancarias).
Así las cosas, queda claro que la turbulencia persiste, y si deseamos manejarnos prudentemente, debieramos suponer que lo peor está aún por pasar (a fin de tener –si se diera el caso- una estrategia claramente definida frente a ello).
El Financial Times, uno de los más reputados diarios financieros, reclamaba ayer la configuración en la zona Euro de un mecanismo que facilite la salida ordenada de alguno de sus miembros -cualquiera de los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España)- en caso sea necesario. Leyendo entre líneas entendemos lo que significa dicha opinión: más temprano que tarde una de las cuestionadas economías buscará mayor flexibilidad en sus cuentas nacionales, dados los proyectos de reformas a los que se enfrentan y los años de austeridad que vienen por delante.
Y mientras que el fondo y otras instituciones reclaman mayor prudencia fiscal, un paquete de reformas labrado con seriedad, una revisión de los sistemas tributarios y laborales que promueva la inversión y la competitividad, así como acciones de reforma en otras variables del complejo algoritmo del crecimiento, algunos países europeos –notablemente España y Grecia- profesan que las reformas emprendidas son suficientes y que ahora es momento de que todos “pongan el hombro”, como si la las cuentas nacionales se tratasen de una actividad deportiva.
Esta visión contemplativa de la realidad financiera global no sólo es propia de algunos países europeos; en Estados Unidos, donde el fanatismo por la expansión monetaria esta tomando ribetes nunca vistos, la realidad contrasta el mensaje gubernamental: los últimos datos sobre productividad marginal de la deuda cruzó recientemente la barrera de la inocuidad, situándose hoy claramente en terreno negativo.
¿Será que hemos llegado al punto donde suponer lo peor tal vez sea insensato?
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Saturday, July 10th, 2010
Recientemente, Guillermo Giacosa equiparaba –suponemos, en el plano moral- a aquellos que se esfuerzan por crear riqueza con narcotraficantes y pedófilos. Esta denigración de quienes buscan mejorar su calidad de vida con creatividad y esfuerzo, muy común en estos lares, demuestra no sólo un desconocimiento palmario de los requisitos detrás de la creación de riqueza sino, además, de quienes componen ese segmento demográfico.
¿Quiénes buscan enriquecerse? Básicamente, toda persona que actúe buscando mejorar su posición relativa, no frente al resto de individuos, sino vis-à-vis su condición actual; así, nos referimos a cualquier persona que trabaje, sea como profesora de educación cívica o como ejecutivo en una transnacional. Todos ellos, lo admitan o no, buscan enriquecerse, mejorar sus niveles actuales de riqueza de manera que puedan acceder a mejor alimentación, salud, educación, ropa o vivienda.
A quien probablemente quiso denigrar el susodicho analista es al rico, aquél que logró “más de la cuenta”, lo cual es una letanía repetitiva entre progresistas y aquellos que se ufanan de vivir moderadamente, de no necesitar más que un buen café y un buen libro. Sin duda, suena muy poético; empero, dista mucho de cómo actúa el ser humano en la realidad (ellos incluídos).
Esas personas, que denigran al exitoso, ignoran los mecanismos de formación de riqueza (que en resumen, no son otros que atender los deseos de los consumidores –en mejor forma que la competencia- bajo los éstandares de calidad y precio que éstos demanden), así como los beneficios que la sociedad percibe directa e indirectamente de dicho esfuerzo, basado –cuando impera el capitalismo y no el mercantilismo – en trabajo e ingenio, y no en amistades, legados o corruptelas como nuestro analista supone. El éxitoso promedio dista mucho de esa imagen acartonada de gustos superfluos y conocimientos básicos; empero, incluso si así fuese, ese también es su derecho: aquél de vivir la vida como le plazca.
Pero para un grupo de analistas, una vida sin Sartre o un buen asado en familia es una vida vacía, incluso equivocada. Y claro, dicha suposición ruega que les preguntemos ¿Equivocada en base a qué? ¿Es moralmente mejor quién trabaja para leer a Nabokov que aquél que busca poseer un automóvil? Claramente no. Cada persona elige bajo que éstandar considerarse -o no- exitoso. Y si al más pobre en Huancavelica le consultamos si desearía enriquecerse, probablemente diga sí y pregunte cómo.
Dice mucho de una sociedad cómo ésta trata a sus pobres; empero, también habla de ella cómo trata a los exitosos, productivos y emprendedores.
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Monday, July 5th, 2010
Si hasta hace un tiempo las huestes de Abimael Guzmán se arrastraban en la mayor de las indiferencias, ahora asoman entre reflectores y titulares. ¿Pasando a ser unas estrellas? No, pero muy bien podrían disfrazarse de lastimeras víctimas si es que los torpes intentos por combatirlas se hacen realidad. Por lo pronto el Ministerio de Educación ya expidió una discriminatoria y anticonstitucional norma que impide que en el futuro los condenados por subversión ejerzan la docencia.
Sin duda, se ha dado el primer paso para que los asesinos de antaño se sientan henchidos de razones y argumentos en su defensa. Y la tendrán. Así es, durante todo el sangriento proceso subversivo iniciado en mayo de 1980 los febriles seguidores de Guzmán vociferaban que la legalidad y el estado de derecho no eran más que una imposición de la clase burguesa que no estaban dispuestos a respetar. Ellos se consideraban la avanzada de la “otra clase”, del proletariado. Desconocían la Constitución y las leyes. Clamaban por el imperio del poder de la política por sobre el derecho. En suma, jugaban a ser los bárbaros.
Ello es lo que parió la izquierda. Puntualmente, los vástagos de José Carlos Mariátegui. Tan sólo seguían el manual. Si optaron por la lucha armada no fue por una mala interpretación marxista, sino por mera coherencia: Marx proclamó más fuerte que nadie que la violencia era la partera de la historia. Y a ella se sometieron, sobre todo cuando se sabían lejos de alcanzar el favor de las masas vía elecciones. Cuestión de táctica, de estrategia al estilo cromañón.
Del otro lado, una de las cartas más sólidas de la ciudadanía y de las fuerzas del orden fue precisamente el salvaguardar aquél orden político y constitucional que la subversión repudiaba. Un orden caótico, corrupto, débil e imperfecto, pero que a codazos y trompicones pugnaba por ser democrático. No era poca cosa luego de doce años de dictadura militar. Doce años de mano dura que a la vez fue permisiva con estas mismas sectas de antisociales; un lastre que no se cura en poco tiempo, especialmente cuando nuestra historia es prolífica en autocracias y dictaduras.
No por pura exquisitez Jean François Revel remarcaba el escaso bagaje existencial como la fragilidad de las democracias modernas, el único sistema donde la artera disidencia es permitida. Su novedad es cierta, es un experimento muy reciente como para osar compararse con otros regímenes. Universo de esquemas que no soportan al discordante tan fácilmente como la democracia, refugio preferido de una infinidad de “antis” y de “contras”. Ámbito donde la opinión es sacra y el individuo y la propiedad pasan a ser pilares fundacionales. Precisamente los frenos a las apabullantes mayorías, lo que marca la diferencia con el estrepitoso fracaso del demos griego.
Real, la admirada democracia ateniense fracasó porque el “pueblo” carecía de límites a sus acaloramientos e impulsos. Tal como se ve hoy entre nosotros cuando los legisladores se escandalizan al enterarse por la prensa que un grupo de senderistas reclaman la libertad del “Presidente Gonzalo” dentro de la Universidad de San Marcos. ¿Alguna novedad? Que se sepa, los secuaces de Abimael nunca dejaron de existir. Muchos menos los del MRTA. Ambos conviven con el resto del país desde hace mucho, y en todos los ámbitos.
Pero el problema no está en lo que los diarios y noticieros señalen, sino cuando desde el gobierno y el Parlamento se invocan remedios impropios de un auténtico estado de derecho. Tal es el caso del pedido de reinstauración del delito de apología del terrorismo y el ramplón “apartheid” legal tanto para los ex condenados como para los ideológicamente indeseables. Al respecto, ¿alguien verdaderamente cree que ese es el mejor de los remedios? Por lo pronto, el linchamiento al adversario no es propio de demócratas. Lo propio de estos (y lo más eficaz) es enfrentarlos con argumentos y con una noción de derechos no discriminatoria.
En suma, ¿cómo reprocharles su incivilidad y barbarie si es que al primer sobresalto procedemos a desfigurar la Constitución y las leyes? ¿Que no son ideales, quién lo duda? Hasta se puede decir que son una rémora al progreso, pero es parte del aprendizaje de las sociedades regirse a través de instituciones y no por personales arrebatos. Procedamos desde ellas, pues si actuamos al estilo del Ministerio de Educación y las demandas ultramontanas de la señora Cabanillas flaco favor le haremos al sistema representativo.
No perdamos la perspectiva. No fabriquemos víctimas. Sendero empleará cínicamente la legalidad hasta donde le alcance, está en su derecho. De ello no hay que asustarse. Aprendamos de estas lecciones, por más antipáticas y repulsivas que nos sepan. Apuntalemos nuestra siempre frágil democracia expurgando aquello que la contradice y rebaja. Y especialmente, suprimiendo cada uno de esos recovecos estatales que los radicales de la hoz y el martillo han tomado para sí.
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Friday, July 2nd, 2010
El estado peruano, pasado y presente, ha sido extremadamente ligero con el terrorismo. Desde aquél párvulo mote de “abigeos” -a mediados de 1980- hasta el día de hoy, el estado peruano no ha estado a la altura de la circunstancias para defender las libertades de la gran mayoría de ciudadanos que queremos vivir en paz. Ciertamente, ni la clase política ni la clase intelectual supieron lidiar con las criminales organizaciones; y lo peor de todo, es que seguimos presenciando esa pusilanimidad.
Hace pocos semanas observamos como el Poder Judicial, valiéndose una laxa reforma legislativa a favor de los reos por terrorismo, liberaba sin mayores aprietos a una ciudadana norteamericana que planeaba reventar con dinamita el Congreso. Días después, un grupo de amigos de terror se paseaba con insolencia por los pasillos de la universidad más antigua de Latinoamérica, un ícono del conocimiento que debería servir de bisagra del desarrollo más que de caja de resonancia del atraso y la miseria. No habíamos digerido los hechos de la decana y presenciamos como una redada en una penal de mujeres descubría propaganda terrorista en las celdas de quién, en pocas horas, marchaba hacia la libertad.
Sospecho que de los miles de liberados en los últimos años, gracias a la timorata reforma realizada, algunos habrán entendido que las opciones violentas son un contrasentido, una inmoralidad cruel y salvaje; empero, no hay duda que muchos otros siguen empecinados en levantar el puño, coger un arma y arengar a favor de una ideología sanguinaria. Es aquí dónde salta la liebre para aquellos que deseamos un país distinto para nosotros y nuestros hijos: ¿están al tanto de quiénes están realmente reformados y quiénes no? ¿Han ideado un mecanismo de seguimiento o revisión de sus quehaceres una vez que fueron puestos en libertad? ¿Han previsto si la normativa contempla qué hacer en caso de reincidencia? ¿Tendremos que esperar a que un coche bomba nos indique que las acciones armadas han regresado –dado que los enfrentamientos en el interior del país, las pintas, arengas y marchas no han sido, aparentemente, suficientes-?
Mientras la clase política juega a interpretar los hechos, los analistas plantean soluciones ideológicas y algunas ONG’s apuestan a ciegas a la rehabilitación de todo terrorista, la sociedad peruana no puede seguir sentada y cruzada de brazos. Hay momentos en los que cada persona tiene que optar si seguirá siendo un simple espectador del acontecer social y político, o si prefiere alzar la voz y luchar por sus ideales. Hoy es ese día; hoy saldremos algunos a decir: ¡Basta! ¡Queremos vivir en Paz!
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