La consecuencia de una ley de salario mínimo no es el aumento del ingreso de los trabajadores menos preparados, sino una reducción de sus oportunidades de empleo.
William Baumol
Archive for October, 2009
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Friday, October 23rd, 2009
Toda problemática que desee ser resuelta requiere, primero, de un análisis causal. Esto es evidente. Llama la atención, por ello, la manifiesta ausencia de una rigurosa investigación que permita entender las causas de la persistencia de la pobreza en el Perú. Es indudable que los marcos teóricos con los que se explicaba la pobreza están, además de desfasados, inundados por un tinte ideológico que no permite distinguir entre lo real y lo fantástico.
La pobreza como fenómeno no es reciente; de hecho, es la condición natural del ser humano. El economista Angus Maddison, en su tratado sobre la economía mundial desde el año 1 hasta el 2030, desmitifica ese credo marxista sobre la pobreza como un fenómeno capitalista. En el año primero de la era cristiana el PBI per cápita promedio era cercano a los 467 dólares (en dólares constantes de 1990); hacia el año 1000, el PBI promedio se había incluso reducido a los 450 dólares. Recién en el año 1500 es que los ingresos promedio superan los 550 dólares, manteniéndose los mismos casi constantes hasta la primera Revolución Industrial (1820). El gran salto en ingresos per cápita promedio se da recién en 1913, cuando se rompe la barrera de los 1,500 dólares; en 1973 alcanza los 4,000 dólares y se inicia el segundo milenio con cerca de 6,500 dólares de PBI per cápita promedio.
Es decir, nos tardamos casi 1800 años para duplicar nuestra producción per cápita, y luego la octuplicamos en sólo 200 años. El ritmo actual de crecimiento es incluso mayor, razón por la cual la pobreza en el mundo se ha reducido de los niveles preindustriales (hasta 1820, cerca del 85% de la población mundial se encontraba bajo los límites de pobreza extrema) a las cifras que hoy contemplamos con pesadumbre, pero que significan una mejoría sustancial en los niveles de calidad de vida de millones de personas. Surjit Bhalla, economista especializado en el estudio de la pobreza y la desigualdad, calculaba la pobreza extrema (ingresos diarios menores a 1.08 dólares) en el año 2002 en niveles cercanos al 13.1% de la población mundial, pronosticando una reducción sistemática de la misma casi a nivel global con la penosa excepción del África subsahariana.
Lo relevante no es, entonces, las causas de la pobreza en sí; es decir, de lo fenomenológico. Lo importante es desnudar por qué persiste la pobreza cuando se tienen claras las rutas del desarrollo -apertura comercial, estabilidad macroeconómica, mejoras en la calidad institucional, acceso a infraestructura, entre otros.
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Tuesday, October 20th, 2009
La buena noticia: Ben Bernanke dijo el otro día que “es muy probable que, técnicamente, EE.UU. ya haya salido de la recesión”. La mala noticia: acto seguido, dijo “pero dará la sensación de que la economía es débil durante bastante tiempo”. Mi interpretación: el crecimiento económico será diminuto, hay riesgo de recaída y, de momento, no se creará empleo.
¿Por qué es Bernanke tan poco optimista? Pues porque sabe que los gobiernos de todo el mundo no se enfrentaron a los grandes desequilibrios financieros y económicos que causaron la presente recesión corrigiéndolos, sino creando la antesala de una nueva crisis: más desequilibrios.
Desde mi punto de vista, hoy tenemos siete peligrosos problemas. Primero, el monetario. Nada más empezar la crisis financiera, los bancos centrales imprimieron trillones de dólares. En situaciones normales eso hubiera causado una hiperinflación. Esta no se dio porque la velocidad de circulación del dinero cayó en picado. El problema es que, cuando la economía se recupere, el dinero volverá a correr y, si no se elimina todo lo impreso durante la crisis, subirá la inflación. Habrá, pues, que quitar liquidez de una manera quirúrgica porque el dinero es como la pasta de dientes: es muy fácil sacarla del tubo pero es muy difícil volverla a meter porque, para conseguirlo, se deben subir los tipos de interés y eso puede causar nuevas recesiones.
El segundo desequilibrio es el fiscal. Al ver la gravedad de la situación, todos los gobiernos del mundo se lanzaron a gastar cantidades ingentes de recursos. Resultado: déficits extravagantes que superan el 13% del PIB en EE.UU., el 10,5% en España y el 6,5% en la zona euro. La OCDE estima que la deuda alcanzará el 115% del PIB. Lógicamente, esa insostenible voracidad fiscal tiene que acabar (sobre todo teniendo en cuenta que los baby boomers se están empezando a jubilar). El problema es que eso sólo se puede hacer subiendo impuestos o bajando gasto y ambas estrategias conducen hacia una nueva recesión. Habrá que ser creativo y tocar los impuestos que menos distorsionen (y no subirlos alocadamente como se ha hecho en España) y eliminar los gastos menos productivos.
El tercer gran desequilibrio es el internacional. Los déficits exteriores de algunos países (destacan EE.UU. y España) son compensados por superávits gigantes de algunos países asiáticos (sobre todo China). La corrección va a tener dos componentes. El primero, una caída del dólar que puede ser paulatina o puede ser catastrófica. Depende del banco central chino. El segundo, la tentación proteccionista. Recientemente el presidente Obama ya impuso aranceles a los neumáticos chinos, y China respondió con aranceles equivalentes a los pollos estadounidenses. De momento, la guerra comercial es poca cosa y esperemos que no escale y que todo el mundo recuerde que lo que transformó la crisis de 1929 en la Gran Depresión de los años treinta fue el proteccionismo.
Cuarto, el desequilibrio financiero. El pánico de finales del 2008 hizo que todo el mundo desinvirtiera en los mercados financierosypasara a comprar lo único que parecía seguro, unos bonos del Tesoro estadounidense que llegaron a absorber el 80% del ahorro mundial: trillones de dólares que no financiaban inversión productiva. Eso ya se está empezando a corregir y el dinero ya está volviendo a la bolsa. El problema es que si el retorno no se hace de manera ordenada, puede dar lugar a nuevas burbujas que, al explotar, causen nuevas crisis económicas. De hecho, el boom inmobiliario del 2008 se gestó cuando el dinero salió despavorido de la bolsa al reventar la burbuja puntocom en el 2001. Que no nos vuelva a pasar lo mismo.
El quinto desequilibrio es el regulatorio. Los primeros diagnósticos de la crisis apuntaron (en mi opinión, equivocadamente) en una dirección: la falta de regulación del sistema financiero. El resultado fue la aparición de los don quijotes del intervencionismo que quisieron regular no sólo el sector financiero sino, ya puestos, el resto de la economía. ¡Algunos incluso querían “refundar el capitalismo”! Ahora bien, ¡que el sector financiero estadounidense estuviera infrarregulado no quiere decir que el sector de la automoción en España también lo esté! La cordura debe volver pronto a los legisladores. Si no, corremos el riesgo de que el Estado acabe asfixiando la recuperación.
El sexto desequilibrio es sectorial. Países como España dependían excesivamente de unos pocos sectores (construcción, promoción inmobiliaria) que se han hundido sin esperanza de recuperación. Para reequilibrar, no hay que caer en la tentación de que el Estado subsidie unos sectores escogidos a dedo por el funcionariado. Al contrario, el Estado debe poner las bases para que los innovadores decidan, con su creatividad e iniciativa, qué sectores van a tomar las riendas de la economía.
Y el último desequilibrio es, lógicamente, el laboral. Los países con un rígido mercado de trabajo corren el riesgo de convertir el paro temporal causado por una recesión pasajera en una situación permanente para millones de ciudadanos. Si el mercado laboral no se flexibiliza, el ejército de parados de largo plazo puede acabar causando una inestabilidad social insostenible. Nuestros intentos de salir de la crisis han originado siete grandes vulnerabilidades que amenazan el futuro de nuestras economías. Bernanke piensa que lo peor ya ha pasado. Quizá sí. Pero si queremos evitar la recaída, es imperativo que se corrijan… los nuevos desequilibrios.
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Saturday, October 17th, 2009
Acostumbrándonos cada vez más a ver elecciones “políticamente correctas” que basadas en ciencia e innovación, los Premios Nobel en Economía otorgados esta semana, tanto a Elinor Ostrom -politóloga y primera dama en recibir tan importante distinción- como a Oliver Williamson -economista y a quien hemos tenido la oportunidad de leer repetidamente- son una refrescante noticia que no esperábamos. De hecho, muy pocos lo esperaban -las probabilidades en Landbroks (firma inglesa especializada en apuestas) eran 50 a 1-.
En sencillo, ambos economistas son distinguidos por sus avances en el campo institucional, particularmente en lo referido a la gobernabilidad de organizaciones sociales -sistemas de organización de recursos naturales, en el caso de Ostrom y corporativos en el caso de Williamson- y los incentivos que enfrentan frente a dichos marcos institucionales los sistemas de propiedad y control.
Ostrom, particularmente, desarrolla una teoría extraordinariamente relevante para el estudio de nuestras comunidades campesinas: en un trabajo reciente (Derechos de Propiedad Privado y Comunales (2007), coautorado con Charlotte Hess), desmitifica la generalización de la escuela neoclásica en cuanto a propiedad e incentivos, desvelando que las organizaciones sociales donde la propiedad se mantiene de manera comunal -léase, mantienen derechos propietarios sobre un conjunto de bienes- no necesariamente aparta a los propietarios de un uso eficiente y productivo de los mismos. Ostrom, en resumen, propone que la gestión más eficiente -sobre todo en lo relacionado a ecosistemas- es la autogestión directa de los recursos por parte de los propios interesados en aquellos recursos que son escasos y renovables. Lo importante, para el caso de nuestras comunidades, sería profundizar en los alcances de la propiedad sobre la cual Ostrom hace mención: en los Estados Unidos, la propiedad implica los recursos del subsuelo, a diferencia de nuestro sistema de propiedad, alterando con ello necesariamente los sistemas de incentivos de los copropietarios.
En el caso de Oliver Williamson, economista neoinstitucional, su obra Las Instituciones Económicas del Capitalismo (1988) es considerado ya un clásico en lo referente al papel de los costos de transacción al interior de las firmas, y la manera como los marcos institucionales permiten a las empresas incrementar su escala minimizando dichos costos.
Ambos libros, en suma, son todo un reto para aquel parametrado en las teorías marxistas del capitalismo. Ambos nobeles, desde distintas ópticas, demuestran que el Estado está lejos de ser una solución óptima a los problemas de coordinación, organización y propiedad. Ojalá se suba al coche de la moda neoinstitucional nuestra educada “élite” económica, política y periodística
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Friday, October 16th, 2009
Bayona, 1839. Un gamberro lanza una piedra contra una panadería y rompe una ventana. El panadero sale enfurecido y se echa a llorar porque va a tener que pagar un nuevo cristal. Los viandantes se reúnen a su alrededor y, al principio, se solidarizan con su desgracia. De repente, uno de ellos explica que el infortunio no es tal ya que el dinero que el panadero va a gastar representará un ingreso para los cristaleros (quienes, al fin y al cabo, viven de los cristales rotos). Estos van a gastar ese dinero en la carnicería en beneficio de los carniceros, que a su vez van a gastarlo en el teatro en beneficio de los actores,y así sucesivamente hasta suponer un enorme efecto positivo sobre la economía agregada, a través de lo que los economistas keynesianos llaman el efecto multiplicador. Tras concluir que la gamberrada era buena para la sociedad, los viandantes abandonaron al panadero a su suerte.
Esta historia, conocida como la paradoja de los cristales rotos, fue contada por primera vez por el economista francés Frédéric Bastiat en 1839 en un fantástico libro llamado Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas (Lo que se ve y lo que no se ve). La tesis principal del libro es que muchos analistas cometen errores garrafales porque se fijan sólo en “lo que se ve” e ignoran “lo que no se ve”. En el ejemplo del cristal roto, “lo que se ve” es que el panadero va a tener que gastar dinero para reparar la ventana y eso va a afectar positivamente a quien recibe el pago, el cristalero. “Lo que no se ve” es que el dinero que el panadero gastará en cristales iba a ser destinado a comprar otras cosas, como por ejemplo, un traje. Al no poder comprarlo, el sastre no ingresa nada, el carnicero del sastre tampoco y los teatros a los que iba a acudir el carnicero del sastre tampoco. Es decir, que el efecto multiplicador resultante de reparar el cristal solamente sustituye aunefecto idéntico que hubiera generado el gasto en cosas alternativas. Al no haber efectos netos positivos, lo único que queda es un cristal roto. Y eso es malo.
Les explico todo esto porque los gobiernos del mundo entero intentan reactivar la economía a través de programas Renove que subsidian la compra de coches nuevos a cambio de la destrucción de coches viejos. Según esos planes, el gobierno se constituye en un gran gamberro (lo digo por analogía con el chaval que lanzó la piedra contra la panadería) y destruye toda una flota de coches que todavía funcionan con el argumento de que, al tener que repararlos, se va a fomentar la actividad económica: como en la paradoja de los cristales rotos, los fabricantes y distribuidores de automóviles tendrán ingresos adicionales, los gastarán y eso tendrá efectos positivos sobre la sociedad. También saldrán beneficiados los propietarios de coches viejos que reciban un subsidio superior al valor que su cacharro tenía en el mercado. Todo eso es “lo que se ve”. Ahora bien, “lo que no se ve” (y no se contabiliza) son las pérdidas de mecánicos y reparadores de coches, las de los vendedores de segunda mano a los que el Estado ha robado el negocio y las de los contribuyentes.
Además, está el malgasto en burócratas administradores del programa y sobre todo, lo que no se ve es el dinero que no ingresan las industrias que no van a recibir el subsidio y las que no van a obtener el dinero que los consumidores hubieran gastado si no hubieran tenido que pagar tantos impuestos. Es decir, si el Estado realmente cree que destruir automóviles viejos para fabricar los nuevos es bueno para la economía, ¿no debería también destruir neveras, televisiones de plasma y videojuegos? ¿Y por qué parar ahí? ¿Por qué no derribar edificios, carreteras y puentes? ¿Por qué no demoler ciudades enteras por el bien de la sociedad? ¿Verdad que no tendría sentido? Pues tampoco lo tienen los planes Renove. Porque destruir maquinaria y dedicar dinero a reemplazarla no genera suficientes beneficios para compensar la destrucción. La pregunta es: ¿por qué el Estado tiene tanto interés en ayudar a la industria del automóvil con cargo a los trabajadores-contribuyentes de todos los otros sectores?
La respuesta que se nos da últimamente es (¿cómo no?): ¡hay que combatir el cambio climático! De hecho, el nuevo plan se llama VIVE! de Vehículo Innovador, Vehículo Ecológico. Apesar de que el cambio climático se ha convertido en el comodín justificador de las políticas más ridículas e injustificables de planeta, citarlo no es suficiente: esas políticas también deben ser sometidas a la lógica económica. Nos dicen que los coches nuevos van a contaminar menos que los antiguos porque tienen una tecnología mucho más verde y sostenible. Eso es “lo que se ve”. Ahora bien, “lo que no se ve” (y lo que los ecologistas no contabilizan) es que para construir cada coche nuevo se necesita contaminar. ¿O no se emite CO2 y no se contamina cuando se produce el acero de la carrocería y el motor, la goma de los neumáticos, los plásticos de los interiores o la pintura exterior? La pregunta es: ¿la reducción de emisiones que van a tener los nuevos y eficientes coches será superior al incremento de polución que supondrá su fabricación? Según un artículo publicado en The New York Times por Michael Gerrard, director del Centro para del Cambio Climático de la Columbia University, la respuesta es no. También en la sostenibilidad, pues, las autoridades parecen ignorar la paradoja de los cristales rotos, esa vieja lección que ya se explicaba en 1839, sobre lo que se ve y lo que no se ve.
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Saturday, October 10th, 2009
La crisis va llegando a su fin. Eso, al menos, es lo que se desprende de los últimos pronósticos de crecimiento realizados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y de cuanta declaración a los medios brinda uno y otro funcionario, de uno y otro país, en una y otra cita cumbre. Pero ¿por qué creerles a quienes la negaron cuando aquélla aún no se manifestaba, la minimizaron cuando estalló, y la ahogaron en un océano de liquidez monetaria y gasto fiscal cuando amenazaba ya con tumbarse a economías regionales enteras?
En darle pronta “solución” a esta crisis el mundo ya ha gastado todo lo que gastó en las dos grandes guerras, el New Deal y el Plan Marshall juntos, descontando el factor inflación. Solucionar un problema y posponerlo, sin embargo, son dos cosas distintas. Quien soluciona algo resuelve aquello que impide que se ejecute la acción; quien pospone, empero, pasa para mañana lo que no quiere hacer hoy. Y qué mejor ejemplo de lo que pareja observación implica que darle un vistazo aéreo al sector inmobiliario norteamericano, epicentro del terremoto financiero del 2007. El mercado de MBS (mortgage-backed securities) —títulos valores de deuda que permiten que la banca comercial libere recursos y así pueda seguir otorgando préstamos hipotecarios—, en lo que va del año, ha simplemente desaparecido, lo que ha llevado a que la Reserva Federal, el banco central, se vea obligado a crear dinero del aire con el cual comprar el 100% de esta emisión, unos $700 mil millones. No se puede hablar de solución a una crisis mientras en una economía de “mercado” desaparecen los mercados.
El estado de salud de la economía global no sólo no mejora sino que se agrava (!). En los últimos meses son más y más los países en los que el PBI presenta una divergencia entre el real y nominal, de tal manera que mientras el primero aumenta, el segundo se desploma, y esto, desde 1971, el fin del sistema monetario de Bretton Woods, es inusual. Un PBI real que crece indica un mayor volumen de producción, y uno nominal que cae, una menor facturación corporativa, es decir, se produce más, pero se vende a cada vez menores precios, lo que lleva a que las utilidades corporativas disminuyan, y, por lo tanto, a que la recaudación tributaria caiga, en países tan distintos como Perú, China, Estados Unidos, QwaQwa (uno de los diez bantustanes de la antigua Unión Sudafricana)… A lo dicho en relación a esta inusual y dañina divergencia, súmenle la contracción crediticia y monetaria (M3) que ha empezado a darse en ambos lados del Atlántico, en Europa y en los Estados Unidos, y que habla de saturación sistémica de deuda y de imposibilidad por parte de las autoridades monetarias de reinflar la economía (léase burbuja) global.
Pero China, creen desinformadamente algunos analistas —poniendo en evidencia un deseo oculto, mas no un hecho—, va en rescate de la economía global. Ignoran que, con todo el potencial de crecimiento que este gran país tiene —¡es cierto!—, por el momento, y según pautas del Consejo Estatal, lejos de aumentar su producción va a verse forzada a reducirla en ocho sectores industriales claves, que años atrás ya presentaban serios problemas de exceso de capacidad instalada —excesos que requieren una pronta “solución” que no puede seguir siendo postergada—. (Aceros, cemento, aluminio y construcción naviera, entre otros).
En el largo plazo, el crecimiento económico acumulativo de la humanidad, no cabe duda alguna, es impresionante. Vaya este único ejemplo: la esperanza de vida de un español del Siglo de Oro (1500-1700) era apenas unos treinta años, pero hoy, y gracias a una mejor alimentación (resultado de una mayor producción) y una buena salud (resultado de innovaciones tecnológicas y descubrimientos en el campo científico), sus descendientes pueden aspirar a vivir ochenta años y más. Es en periodos cortos de tiempo, sin embargo, y que se vuelven largos debido a las distorsiones y falsas señales que produce la intervención estatal en la economía (de lo contrario, la intervención en ésta no hubiese llevado nunca a la caída de la Unión Soviética), en los que la actividad económica se reduce considerablemente —¡ha surgido la crisis!—, y dedos acusadores señalan, unas veces al inversionista, otras, al empresario, como los grandes responsables de ésta, en los que entra la duda y se busca el cambio de rumbo, y en los que se olvida en todo momento que nuestra historia, la de la humanidad, a partir del siglo XIX, es una historia de éxito, de progreso, de avance en todo campo de la acción humana. Una historia en la que, en lo político, la democracia liberal le reserva un papel fundamental al Estado: proteger, garantizar los derechos individuales, en especial, los derechos de propiedad. Sólo y recién entonces, en lo económico, y con esta motivación de por medio, esos dos grandes motores del desarrollo, el inventor y el productor, entran en acción, inventando y produciendo más allá de sus necesidades inmediatas. Ésta es y seguirá siendo nuestra historia; éste, el camino que nuestros genes tienen trazado en esas cuatro letras que codifican el ADN, y que una crisis, un hipo de crecimiento económico, por más grande que sea, no puede cambiar, algo que el autor de la obtusa complejidad de las “entrelíneas” en este ensayo juega a ignorar. (Ese autor es usted).
La crisis va llegando a su fin. Eso, al menos, es lo que se desprende de los últimos pronósticos de crecimiento realizados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y de cuanta declaración a los medios brinda uno y otro funcionario, de uno y otro país, en una y otra cita cumbre. Pero ¿por qué creerles a quienes la negaron cuando aquélla aún no se manifestaba, la minimizaron cuando estalló, y la ahogaron en un océano de liquidez monetaria y gasto fiscal cuando amenazaba ya con tumbarse a economías regionales enteras?
En darle pronta “solución” a esta crisis el mundo ya ha gastado todo lo que gastó en las dos grandes guerras, el New Deal y el Plan Marshall juntos, descontando el factor inflación. Solucionar un problema y posponerlo, sin embargo, son dos cosas distintas. Quien soluciona algo resuelve aquello que impide que se ejecute la acción; quien pospone, empero, pasa para mañana lo que no quiere hacer hoy. Y qué mejor ejemplo de lo que pareja observación implica que darle un vistazo aéreo al sector inmobiliario norteamericano, epicentro del terremoto financiero del 2007. El mercado de MBS (mortgage-backed securities) —títulos valores de deuda que permiten que la banca comercial libere recursos y así pueda seguir otorgando préstamos hipotecarios—, en lo que va del año, ha simplemente desaparecido, lo que ha llevado a que la Reserva Federal, el banco central, se vea obligado a crear dinero del aire con el cual comprar el 100% de esta emisión, unos $700 mil millones. No se puede hablar de solución a una crisis mientras en una economía de “mercado” desaparecen los mercados.
El estado de salud de la economía global no sólo no mejora sino que se agrava (!). En los últimos meses son más y más los países en los que el PBI presenta una divergencia entre el real y nominal, de tal manera que mientras el primero aumenta, el segundo se desploma, y esto, desde 1971, el fin del sistema monetario de Bretton Woods, es inusual. Un PBI real que crece indica un mayor volumen de producción, y uno nominal que cae, una menor facturación corporativa, es decir, se produce más, pero se vende a cada vez menores precios, lo que lleva a que las utilidades corporativas disminuyan, y, por lo tanto, a que la recaudación tributaria caiga, en países tan distintos como Perú, China, Estados Unidos, QwaQwa (uno de los diez bantustanes de la antigua Unión Sudafricana)… A lo dicho en relación a esta inusual y dañina divergencia, súmenle la contracción crediticia y monetaria (M3) que ha empezado a darse en ambos lados del Atlántico, en Europa y en los Estados Unidos, y que habla de saturación sistémica de deuda y de imposibilidad por parte de las autoridades monetarias de reinflar la economía (léase burbuja) global.
Pero China, creen desinformadamente algunos analistas —poniendo en evidencia un deseo oculto, mas no un hecho—, va en rescate de la economía global. Ignoran que, con todo el potencial de crecimiento que este gran país tiene —¡es cierto!—, por el momento, y según pautas del Consejo Estatal, lejos de aumentar su producción va a verse forzada a reducirla en ocho sectores industriales claves, que años atrás ya presentaban serios problemas de exceso de capacidad instalada —excesos que requieren una pronta “solución” que no puede seguir siendo postergada—. (Aceros, cemento, aluminio y construcción naviera, entre otros).
En el largo plazo, el crecimiento económico acumulativo de la humanidad, no cabe duda alguna, es impresionante. Vaya este único ejemplo: la esperanza de vida de un español del Siglo de Oro (1500-1700) era apenas unos treinta años, pero hoy, y gracias a una mejor alimentación (resultado de una mayor producción) y una buena salud (resultado de innovaciones tecnológicas y descubrimientos en el campo científico), sus descendientes pueden aspirar a vivir ochenta años y más. Es en periodos cortos de tiempo, sin embargo, y que se vuelven largos debido a las distorsiones y falsas señales que produce la intervención estatal en la economía (de lo contrario, la intervención en ésta no hubiese llevado nunca a la caída de la Unión Soviética), en los que la actividad económica se reduce considerablemente —¡ha surgido la crisis!—, y dedos acusadores señalan, unas veces al inversionista, otras, al empresario, como los grandes responsables de ésta, en los que entra la duda y se busca el cambio de rumbo, y en los que se olvida en todo momento que nuestra historia, la de la humanidad, a partir del siglo XIX, es una historia de éxito, de progreso, de avance en todo campo de la acción humana. Una historia en la que, en lo político, la democracia liberal le reserva un papel fundamental al Estado: proteger, garantizar los derechos individuales, en especial, los derechos de propiedad. Sólo y recién entonces, en lo económico, y con esta motivación de por medio, esos dos grandes motores del desarrollo, el inventor y el productor, entran en acción, inventando y produciendo más allá de sus necesidades inmediatas. Ésta es y seguirá siendo nuestra historia; éste, el camino que nuestros genes tienen trazado en esas cuatro letras que codifican el ADN, y que una crisis, un hipo de crecimiento económico, por más grande que sea, no puede cambiar, algo que el autor de la obtusa complejidad de las “entrelíneas” en este ensayo juega a ignorar. (Ese autor es usted).
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Friday, October 9th, 2009
Si tuviésemos que identificar los pilares de un programa sólido de crecimiento sostenido, sin duda apuntaríamos estos tres elementos: una amplia base de libertad económica y comercial, libertades políticas e individuales plenas y -finalmente- una sólida red de instituciones. Estos tres pilares garantizan, en mayor o menor medida, una estructura económica que favorece la competencia, la innovación, la confianza y, por supuesto, la reinversión en el sistema, mejorando a través de ello la productividad y la calidad de vida de las personas.
Empero, ¿cuál es el grado de desarrollo ideal de cada uno de estos tres pilares? ¿Existe una combinación que funcione para todas las economías, o cada una requiere desarrollar sus pilares “a la medida”? ¿Cuál es el proceso de desarrollo? ¿Todos los pilares simultáneamente? ¿O existe un patrón de desarrollo de los mismos? De los distintos estudios sobre crecimiento económico, sabemos que los tres pilares son elementos necesarios; empero, dado que las economías no parten de niveles similares de desarrollo, afectados -por otra parte- de distintas maneras por sus precondiciones naturales (sociales, tecnológicas, educativas y políticas), es bastante claro que deberíamos suponer que, en el caso del recetario del desarrollo, no existe una “talla única”.
Ahora bien, ¿es importante distinguir qué va primero y en qué medida? La historia reciente apunta a que sí. El economista Robert Barro, por ejemplo, estudia la relación existente entre democracia -variable proxy de libertades políticas e individuales- y crecimiento, encontrando una relación no lineal entre las mismas (es decir, en países con bajos niveles de libertad política un incremento marginal en las mismas está asociado a una aceleración en las tasas de crecimiento; empero, a elevados niveles de desarrollo en las libertades políticas, un incremento marginal está asociado a una desaceleración del crecimiento).
¿Cuál es la relación entre reformas económicas -ampliación de las libertades- y desarrollo institucional? ¿En qué medida el avance de las libertades económicas sin un acompañamiento en la calidad de las instituciones no desfavorece el crecimiento por incrementos en la corrupción? Conjeturo, es cierto, que el Perú será un ejemplo de esto último: hemos realizado reformas muy importantes, pero las mismas se podrían estar adelantando a nuestras instituciones, incentivándose con ello el mercantilismo y la corrupción. El mercado asegura intercambios beneficiosos para los agentes involucrados; empero, cuando no existen instituciones que garanticen el debido proceso, el sistema puede ceder frente a los distintos grupos de interés -sean políticos, empresariales o sindicales. Hay que reformar las instituciones con urgencia, antes de que el sistema se afirme en una senda nociva para el largo plazo.
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Saturday, October 3rd, 2009
La Crisis Financiera Global (CFG), además de los ejercicios de acrobacia monetaria que representa para los diferentes gobiernos del orbe, sin duda supone un reajuste en las escalas de las distintas economías. Estados Unidos, otrora superpotencia indiscutible de la maquinaria del crecimiento, hoy se esfuerza por retornar a terrenos positivos -se estima entre 3% y 4% de crecimiento para el segundo semestre, luego de cuatro trimestres seguidos de decrecimiento-; las economías europeas sortean de manera mixta la debacle, así como Europa Central y América Latina. China, sin embargo, que representa 11% del Producto Bruto Mundial, espera crecer a tasas superiores al 8%, con lo cual cabe preguntarse ¿hacia dónde apunta el equilibrio económico global?
Diversas variables y acciones apuntan a que China se convierta, más temprano que tarde, en un contrapeso poderoso de la hegemonía económica norteamericana. Con una moneda subvaluada en 48% -según el último Big Mac Index de The Economist-, una masa de trabajadores y empresarios alineados a un programa de capitalismo promovido por el Estado, y una economía dirigida a retomar una antigua posición de dominio económico -en 1600, China representaba cerca del 30% del PBI mundial-, China se perfila a convertirse en el motor del desarrollo y el crecimiento global en los años venideros.
Por ello, resulta tanto errado como ilusorio las medidas proteccionistas implantadas recientemente por el gobierno norteamericano frente a la importación de neumáticos provenientes de la China. Errada, porque con ello los EE.UU. rompen la promesa -reafirmada en abril del presente año frente a los líderes del G20- de no aplicar medidas proteccionistas como política frente a la CFG. Ilusa, porque más allá de la miopía del gobierno demócrata norteamericano, China no sólo es el principal acreedor de deuda norteamericana, sino además un socio estratégico del consumidor estadounidense, dado su rol en la producción de bienes de consumo para dicho mercado. De hecho, y según el Índice de Compras Manufactureras en China -realizado por el banco HSBC-, China ya se encuentra nuevamente en una etapa de expansión productiva, con lo cual dichas medidas proteccionistas no llegan ni a raspar el potencial comercial de los “pandas”.
Según datos de la CIA, China ya representa cerca del 60% del PBI estadounidense, y en promedio crece un 7% adicional a los norteamericanos; si los Estados Unidos no buscan mejorar sus capacidades productivas, van a terminar sirviendo de parque de diversiones a los acaudalados turistas chinos.
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