La consecuencia de una ley de salario mínimo no es el aumento del ingreso de los trabajadores menos preparados, sino una reducción de sus oportunidades de empleo.

William Baumol

Lobotomía Bolivariana

http://www.institutoaccion.com/2009/08/28/lobotomia-bolivariana/

Lo que Chávez acaba de hacer al entregar por ley la educación venezolana al “Estado docente” para que este forme al “hombre nuevo de la sociedad socialista”, podrá ser muchas cosas, pero es un paso impecablemente lógico.

Si uno pretende que el Estado sea quien controle la economía (es decir, la circulación de los bienes y servicios que producimos y usamos todos) de modo que cree por medio de este control una sociedad igualitaria, entonces el Estado tendrá que apropiarse de lo que normalmente es de los individuos hasta niveles que estos no tolerarían jamás de manera natural (esto es, sin haber sido antes moldeados para aceptarlo).

Porque puede ser que las expropiaciones comiencen siempre con los grandes capitales y empresas, pero para que el Gobierno realmente pueda crear una igualdad económica más o menos significativa, tienen que seguir hasta llegar a bienes tan claves como el trabajo y las habilidades individuales, que solo podrán valer lo que el Estado diga. Y esta es una amputación demasiado personal y abarcadora de todas las clases sociales como para que las personas la acepten si no están convencidas de que contribuyen así a un fin tan superior y trascendente como crear “el hombre nuevo”. Convencimiento al que, naturalmente, no se llega sin que desde niño todos tu estímulos educativos se orienten a crearte una conciencia acrítica y comprometida con el sistema y con la ubicua foto desde la que mira tu infancia Fidel, el Che, Chávez o el mesías social de tu localidad.

De las expropiaciones y los controles económicos (es decir, de la intervención al nivel de los bienes) a la “educación revolucionaria” (a la intervención en las mentes) hay, entonces, solución de continuidad. Por eso todos los gobiernos marxistas comienzan (supuestamente) queriendo cambiar el sistema para servir a las personas e invariablemente terminan queriendo cambiar a las personas para mantener al sistema.

Aunque tal vez haya algo más. Después de todo, si el sistema rindiese los frutos prometidos, aunque fuese solo algún nivel imperfecto de igualdad con bienestar, no necesitaría expropiar también la conciencia crítica ciudadana.

Si efectivamente los únicos perdedores fuesen los ricos no habría porque restringir la libertad de prensa (que también ataca la aludida ley de educación) ni la capacidad de pensar libremente: las grandes mayorías apoyarían “la revolución” igual.

Bien vistas las cosas, pues, los controles al pensamiento y su expresión siempre revelan rabo de paja y los de Chávez no son excepción. Lo que quiere es callar para el futuro de su revolución las críticas que hoy la abruman ante el creciente descalabro económico. Pero su maniobra se pierde por obvia: no creo que nadie deje de notar que, para decirlo parafraseando a Calvino, lobotomizar no es contestar.