Democracia sin demócratas
La democracia se está jugando sus minutos más importantes, no sólo a nivel local sino también internacional. La velocidad en la que se desencadenan los elementos en aquellas situaciones donde es tan notoria esta verdad sea, tal vez, la culpable de la candidez con la que algunos analistas locales describen los hechos. Empero, si algún organismo debía servir para aclarar todo tipo de dudas, era -sin duda- la OEA, a través de la Carta Democrática Interamericana, documento firmado en nuestra capital en setiembre del 2001. El papel, que todo lo aguanta, ha terminado sirviendo a la más penosa forma de violación social: aquella que se da cuando los miembros confían plenamente en los beneficios de su existencia.
Dos casos que vienen directamente a colación: Honduras y Perú. En el primero, la Constitución hondureña finiquita, sin medias tintas, cualquier treta o jugarreta que vulnere -o intente vulnerar- la transferencia del poder. El Artículo 239 dice, a la letra: “El ciudadano que haya desempeñado la titularidad del Poder Ejecutivo no podrá ser Presidente o Designado. El que quebrante esta disposición o proponga su reforma, así como aquellos que lo apoyen directa o indirectamente, cesarán de inmediato en el desempeño de sus respectivos cargos, y quedarán inhabilitados por diez años para el ejercicio de toda función pública”. Es decir, Manuel Zelaya -quien ahora llama a una “guerra civil” en su país- se autoinhabilitó al proponer la cuarta ánfora. Lo que debió ocurrir fue una destitución conforme a ley, y no esa figura de la expatriación trasnochada.
Y la OEA, desatendiendo el Artículo 3 de la Carta Democrática, le hace el juego a quienes mayores atropellos a la Carta -y a sus pueblos- han cometido. Venezuela, Bolivia y Ecuador, países que han ido expresamente en contra de la misma son, hoy, los abanderados de la Carta. Y para mayor referencia, Cuba -esa dictadura hedionda que tiene ya medio siglo- se sienta en la mesa a despotricar en contra del movimiento “antidemocrático” hondureño. ¡Faltaba más!
Al igual que en el caso de Honduras, la Carta poco ha servido para nosotros, los peruanos. La injerencia de Venezuela y Bolivia en los quehaceres locales es tan evidente como lo es la equiproporción de un cuadrado. La Carta, por supuesto, habla de ello en su introducción: ” respeto del principio de no intervención”. Letra muerta y hedionda, si de prácticas se trata.
Dicen que el peor favor que se le puede hacer a un chiste es explicarlo; bueno, ya la OEA nos ha explicado qué piensa de la palabra “democracia”.
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