La consecuencia de una ley de salario mínimo no es el aumento del ingreso de los trabajadores menos preparados, sino una reducción de sus oportunidades de empleo.

William Baumol

Democracia en Riesgo

http://www.institutoaccion.com/2009/07/11/democracia-en-riesgo/

Pocos economistas dudan de la positiva relación entre libertad económica y crecimiento económico; en tanto el crecimiento es un requisito sine qua non del desarrollo -es decir, de mejoras sistemáticas en la calidad de vida de las personas-, es bastante clara la necesidad de profundizar las reformas que soportan dichas libertades. Empero, y aunque no nos guste, la promoción de las libertades económicas se puede impulsar tanto desde una democracia como desde una dictadura -por ejemplo, Chile bajo el gobierno de A. Pinochet.

Milton Friedman, tan vapuleado por la izquierda local, sostenía que las libertades políticas y económicas se reforzaban mutuamente: aquellos países que profundicen las reformas económicas -hacia mayor libertad- contribuirían, sin duda, a la necesidad de mayores libertades políticas. Chile le dio la razón -Friedman incluso se lo anticipó en una carta privada al dictador chileno-, tanto como China pone en duda si ello es tan “inevitable”.

La evidencia empírica de dicha relación -democracia y crecimiento- es, al menos, ambigua: por un lado, tenemos la Hipótesis de Lipset, aquella que sostiene -y la evidencia lo soporta- que la prosperidad económica fomenta la democracia; empero, la evidencia también señala una relación negativa entre democracia y crecimiento, una vez alcanzados niveles moderados de la misma. Esto, que se evidencia recurrentemente, es una consecuencia esperable del desarrollo: a partir de ciertos niveles -altos- de progreso, el interés mayoritario está más dirigido a políticas redistributivas que a políticas de crecimiento. Por ello, la relación entre democracia y crecimiento evidencia una “U” invertida: bajo reformas económicas, a menores niveles de democracia, mayores tasas de crecimiento, y viceversa. En resumen, la prosperidad propicia la democracia, pero esta última no propicia -necesariamente- el crecimiento. Es decir, la causalidad corre de la economía hacia la política y no al revés.

Esta corroborada relación descubre algo que nos concierne: cuando la democracia se adelanta en demasía a las reformas económicas, el sistema tiende a colapsar. Sucedió en África en los sesenta, y es lo que -aparentemente- nos podría estar sucediendo a nosotros hoy en día. Si bien es cierto que hemos recuperado nuestra democracia recientemente, las reformas económicas no han ido de la mano de las libertades políticas; y cuando aún estamos en una etapa en la que requerimos crecimiento -36% de población bajo la línea de pobreza-, muchos exigen redistribuir primero, socavando con ello la prosperidad a través de la cual la democracia es sostenible. Tengamos cuidado, que por demandar -precozmente- mayor redistribución, podríamos estar poniendo en riesgo las libertades políticas ya alcanzadas.