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Víctimas entre las víctimas


Víctimas entre las víctimas

Se pone de moda, gracias a reconocidos personajes del empresariado local, ser de izquierda. Sea por justificaciones morales o por un simple ejercicio de utilitarismo, nuestros personajes se han planteado progresistas, refiriéndose -seguramente- a que, dada la pobreza existente, la única vía moralmente aceptable es la de un Estado protector y viabilizador.

Es un aforismo, sin dudas, pero extremadamente marketeable; y quienes así lo han planteado se posicionan en la centroizquierda, tan popular en un sector importante del electorado que hoy flota sin líder. Hasta ahí, nada que discutir; que las frases no digan algo rescatable es una cosa, que los emisores busquen posicionarse políticamente es otra. 

Por otro lado, es muy típico de los progresistas el creer que sólo ellos son superiormente morales. Sea cuando juegan al papel “aquél que es ofendido primero, gana” o al “sólo nosotros entendemos a los pobres”, el progresista siempre se proyecta como un mártir, demandando a partir de ello la exaltación moral y la aceptación -por seguidilla- de su propuesta. No interesa que en la práctica hayan producido miseria y desolación, lo que importa es que -para la tribuna- sólo ellos son moralmente superiores. Ahora, si ser moral significa ser de izquierda, ¿lo contrario qué significaría? En lato, sencillamente, ser inmoral. Y ahora, el adagio, se convierte en lanza política. 

Empero, ¿qué tan cierta es la premisa? La gran mayoría parece plantear que, existiendo tanta pobreza, sólo se puede ser progresista, dado que son esas políticas las óptimas a fin de luchar contra la misma. Asumen, asimismo, que quienes no sean izquierdistas no desean ayudar a los pobres a incrementar su riqueza. Sin embargo, ¿es cierto eso? A una ideología política hay que medirla por lo que logra, no por lo que promete. Y aquí, aunque duela, la evidencia en contra de la izquierda es apabullante y la derecha mercantilista tampoco sale bien parada; mientras, es masiva la evidencia que señala a la libertad económica y al respeto por la propiedad privada como las principales herramientas para reducir la pobreza y mejorar la calidad de vida. O sea, se puede ser pro-pobre (en dixit económico) sin ser de izquierda.

La pobreza es una realidad que espanta, y requiere -por ello- de políticas precisas y probadamente exitosas, no de frases exitosas de contenido gaseoso, sean de izquierda o derecha. Lo moral, en todo caso, es reducir la pobreza, no sentirse moralmente apegado a ella. Tengámoslo claro: las víctimas de este juego de etiquetas sin soluciones son los pobres, no la progresía.

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