La consecuencia de una ley de salario mínimo no es el aumento del ingreso de los trabajadores menos preparados, sino una reducción de sus oportunidades de empleo.

William Baumol

Batalla Perdida

http://www.institutoaccion.com/2008/10/09/batalla-perdida/

Joseph Stiglitz pronuncia el fin del neoliberalismo y a uno no le queda más que aceptar que la izquierda internacional se ha cobrado la revancha sobre lo expuesto por Fukuyuma en 1992. Empero, cuando un liberal -de la talla de nuestro querido escritor Mario Vargas Llosa- pone al descubierto sus dudas sobre el sistema, entonces pareciera que la batalla está perdida. Y es que, tal vez, sí sería oportuno matar al neoliberalismo, el sistema que para Stiglitz ha sido una doctrina política que sirve a determinados intereses y que para Vargas Llosa acepta que los pobres contribuyentes salven a las empresas codiciosas que han acabado en la ruina. Como liberal -o libertario- me aúno a ambos. Hubiese preferido, claro, que en lugar de llamar neoliberalismo a dicha práctica, la hubiesen llamado por su nombre de cuna, léase mercantilismo. Hasta donde recuerdo, esa es la propuesta económica que promueve el apoyo léase, contubernio- del Estado al empresario. La cultura de libertad y su corolario económico el liberalismo apelan a una interacción entre agentes económicos libre de la interferencia de terceros, en especial la del Estado. Por ello, para un liberal clásico -o libertario- no cabe duda de que los gobiernos no deberían haber entrado a los rescates financieros que con tanta pompa 0promueven los mercantilistas y keynesianos; como tampoco queda duda que el origen de la crisis empieza con las reducciones en las exigencias para las hipotecas -por parte del gobierno populista de Hill Clinton- y se exaspera con la política hiperinflacionista de la actual administración de George W. Bush -claramente mercantilista-. Si el neoliberalismo era eso (facilitarle el negocio a unos cuantos bancos, hiperinflar la economía en la búsqueda de un crecimiento etéreo, para luego destruir a la clase trabajadora con impuestos a fin de otorgar un salvataje financiero), pues que muera. Así de simple y sencillo. Para los que creemos en la libertad y sus corolarios, queda el liberalismo; tanto como para quienes creen en el Estado y su bagaje operativo, queda el socialismo. Ahora, el mercantilismo guste o no probablemente seguirá vivo y coleando. Como liberal, me asquea la idea de un empresario ganándole a los consumidores gracias una posición preferente brindada por el Estado, tanto como aburre el gimoteo de la redistribución y el Estado benefactor, que termina creando una masa de corruptos y sanguijuelas. Así maten al neoliberalismo, seguirá existiendo el tercero que defina la mesa para uno u otro lado. Y de eso, ¿quién nos salva?