El Secreto del Desarrollo
En reciente e interesante columna, Alfredo Barnechea intelectual y político de gran trayectoria plantea un ejercicio de planeamiento estratégico nacional, basado en cuatro pilares: mejor redistribución de la renta nacional; reconversión de nuestra matriz energética; integración del Sur andino; y, finalmente, la dotación de una educación competitiva. Ello, estructurado, debiera convertir el actual crecimiento económico en desarrollo.
Ya en 1765 y 1776, dos economistas Anders Chydenius y Adam Smith, respectivamente planteaban propuestas sobre cómo debían encaminarse las políticas económicas de un país en pos del crecimiento económico sostenido. Casi 250 años después, seguimos en dicha búsqueda. En el camino, modelos de todo tipo se han planteado: Lewis, Harrod-Domar, Rostow, Chenery-Strout, MSM, RMSM, Solow, Mankiw, entre muchos otros. Lo cierto es que, a la fecha, queda claro lo que no hay que hacer, pero estamos lejos de encontrar una receta mágica.
Y es que, tal vez, el problema nace en ese constructivismo inicial, creer que el crecimiento se puede modelar, que los humanos son sencillos y predecibles, que un organismo centralizado es capaz de articular todas las necesidades individuales y los bienes a disposición, y calzarlos perfectamente.
William Easterly, economista especializado en crecimiento y desarrollo, ha optado por una posición más hayekiana: el ser humano es complejo, impredecible y responde a incentivos; lo único claro es que busca, axiomáticamente, mejorar su calidad de vida. De dicha posición deriva el secreto del crecimiento: no hay secreto. Para Easterly, sencillamente, no hay una receta; lo que hay son individuos tratando de mejorar su calidad de vida, actuando en concordancia a los incentivos que enfrentan.
Es intuitivo pensar que mejoras en el ahorro y la inversión, en la calidad educativa y en la infraestructura podrían acelerar las tasas de crecimiento; empero, la evidencia de los últimos cincuenta años en África, Asia y América Latina donde diversas instituciones internacionales han experimentado recurrentemente se estrella frente a una descorazonadora realidad: por medio de medidas y decretos, no se crece.
Es indiscutible el profundo interés y las buenas intenciones que demuestran los economistas e intelectuales en la búsqueda de una fórmula, una vía rápida al desarrollo; de hecho, en palabras del Nobel Robert Lucas una vez que empiezas a pensar en crecimiento económico, es difícil pensar en otra cosa. Lamentablemente, las decisiones no se miden en base a sus intenciones, sino a sus resultados.
Localmente, falta mucho por mejorar con respecto a los incentivos (tributarios, laborales, institucionales, entre otros) que enfrentan los peruanos. Tal vez sería más fácil partir por lo obvio.

