El Argumento Aritmético Contra el Teorema Socialista
Una extraña dinámica —por desempolvar, para que pueda verse— debe explicar por qué las creencias de una época se convierten en el absurdo de otra, y las sandeces del ayer, en la sabiduría de mañana. “Las personas se dividen en dos grandes grupos —decía Oscar Wilde— el de aquellos que creen lo increíble y el de los que hacen lo improbable”.
El álveo del arroyo ideológico que desagua en el trinomio marxismo-socialismo-comunismo (curiosidades teratológicas de la Ilustración) yace en la creencia platónica de la “sociedad ideal”, a la cual se llegaba mediante la expropiación de la propiedad. Esta creencia de ayer produce el absurdo de hoy, que sirve de sustento a quienes buscan en lo imposible —el éxito del trinomio—, lo posible, y en lo probable — el fracaso del mismo—, lo improbable. Pues bien, si todo postulado económico-social fuese analizado teniendo como base lo ‘humano’ de sus ideales, el surgimiento histórico del socialismo en el siglo XIX vendría a ser algo así como el descubrimiento intelectual del mítico El Dorado. Toda creencia, sin embargo, debe ser juzgada por sus resultados, por lo que queda al sangrar la fragua de los hechos y, en esto, la historia no es generosa con los “neo-platónicos”.
Son dos los temas centrales alrededor de los cuales gira toda la trova del trinomio: propiedad y distribución equitativa del ingreso. Mientras se busque menos de lo primero y más de lo segundo, más socialista o comunista uno será. Si aceptamos, entonces, que una multiplicidad de gradaciones forman parte de esta distribución de creencias socio-económicas, y más aún, que todas parten de estos dos temas, se podría afirmar que unos 120 países, desde la aparición del Estado-Nación moderno —hace casi unos 500 años—, han sido de una u otra manera, en algún momento de su historia, socialistas. No hay uno solo, sin embargo, que haya llevado prosperidad y bienestar material a su población.
Hay uno que, por más increíble que parezca, bien pudo haber sido el primer país comunista de la Era Moderna, adelantándose así en poco más de 300 años a la Rusia del 17: este país fue Estados Unidos de América. Su historia fundacional —recordarán quienes la hayan leído— podría escribirse teniendo como punto de partida el siguiente evento: en 1607 llegan los colonos ingleses a Jamestown, su primer asentamiento permanente en suelo americano; huyen de la intolerancia religiosa y de la corrupción moral en la que se encontraba Albión. Esto los lleva a que uno de sus primeros actos políticos fuese desechar una serie de instituciones presentes en las islas británicas, entre éstas la propiedad privada. La propiedad pasó a ser comunitaria y se impuso el consumo equitativo de la producción. Buscaban su “sociedad ideal”, y en lugar de encontrar la verdad socrática hallaron la mentira platónica: la producción empezó a disminuir y el desencanto a aumentar…La eterna dinámica del trinomio.
Todo este experimento se fue deshaciendo poco a poco, y ya para 1623 toda la tenencia de la tierra regresaba a manos privadas. ¿”Qué” había pasado? El siguiente ejercicio aritmético puede explicarlo: supongamos que 10 personas se ponen de acuerdo para trabajar la tierra y repartirse, equitativamente, la producción. Cada uno produce 10 kilos de trigo y, entre todos, 100 kilos. Mientras se cumpla con este acuerdo, se vive en esa “sociedad ideal”: todos consumen lo mismo, hay una perfecta igualdad en el ingreso. Ahora bien, si uno de ellos produce menos, digamos, 5 y no 10 kilos, la producción global (el PBI) pasa de 100 a 95 unidades, y aquí viene lo interesante: si bien la producción del menos trabajador cae en un 50%, su consumo sólo disminuye en un 5% (!). Si optase por trabajar más, el resultado nos daría el escenario opuesto, es decir, su consumo se incrementaría en una fracción de su producción adicional: una imagen espejo.
En suma —y de esto se dieron cuenta los colonos—, cuando la propiedad es comunitaria y se da un consumo equitativo de la producción, se desincentiva a los que quieren producir más, y se motiva a quienes trabajan menos y buscan vivir del esfuerzo de los demás. El mismo efecto, por cierto, se consigue con los impuestos: si éstos tuvieran una tasa del 100% no existiría propiedad privada; todo estaría en manos del Estado. Como decía John Marshall, preclaro jurista e integrante de la Corte Suprema de los Estados Unidos: “The power to tax is the power to destroy.” Por eso no es ninguna casualidad que, mientras más socialista sea la sociedad, mayor será la magnitud del fracaso económico.
Ahora que nuestro país coquetea, una vez más, con el corsi et recorsi de su historia (¿Humala 2011? ¿Casas del Alba?), es bueno recordar que el sueño del trinomio por el cual la producción del ciudadano debe darse de acuerdo a sus habilidades, y el consumo de acuerdo a sus necesidades, encierra esa verdad cervantina por la cual “para llegar a lo imposible, hay que intentar lo absurdo”. Y por eso el argumento aritmético de la producción y el consumo le cierra una y otra vez la puerta del éxito al teorema socialista (de ahí que en 1991, al desmoronarse el Imperio del Mal, el partido comunista fuese proscrito en la mayoría de las ex repúblicas soviéticas —después de todo, es la lección que nos deja la historia, y no la violencia, la verdadera partera de lo que está por venir—.)
[http://encarta.msn.com/encyclopedia_761572241_7/Communism.html]E

