Me Parece que…
Si uno pregunta sobre cualquier cuestión, sea simple (¿Qué sabor de helado te gusta?) o compleja (¿Cómo se envuelve un paracaídas?), las respuestas estarán guiadas mayoritariamente por dos factores: preferencias personales (gustos) y conocimiento técnico sobre la cuestión. Cuando las discusiones se presentan sobre cuestiones científicas, lo aconsejable sería participar bajo el supuesto de un conocimiento sustancial de las mismas: a nadie se le ocurriría discutir sobre física teorética, microbiología o astronomía con un físico, biólogo o astrónomo sin contar con la debida educación, sea formal (profesional) o informal (empírica o autoimpartida).
En los temas económicos, sin embargo, vemos que la discusión transcurre alegremente en disímiles lugares y circunstancias; y –sobretodo- entre valientes espontáneos que no dudan en dar una opinión sobre cualquier tema. Ello, por supuesto, dificulta la tarea de la ciencia económica en su conjunto, dado que el ruido producido por dichos intercambios –que no pretendemos restringir- hace la discusión y, con ello, la falsación o verificación de la misma, un tanto más complicada.
Empero, hay un hecho que últimamente me llama la atención, y que –sospecho- hace de la famosa dicotomía socialismo-liberalismo una –aún- más compleja: el carácter intuitivo y/o contraintuitivo de las mismas. Me explico. Si me preguntan qué sabor de helado prefiero, mis distintas experiencias con diferentes sabores han creado un listado ordenado de mis preferencias, según el cual responderé que el dulce de leche es mi primera opción; si la pregunta ronda la temática gastronómica – de nuevo, en mi caso-, mis trece años en la cocina familiar me ayudarán a responder de manera medianamente adecuada las preguntas que no contengan un alto nivel de componentes teóricos. Si me consultan sobre el tiempo Planck y la validez de su uso en la cosmología, sin duda encontrarán un contundente “¡Ni idea!” como respuesta. No hay forma de encontrar una respuesta intuitiva sobre dicha relación. Sin embargo, si la pregunta estriba alrededor de temas de sentido común, muchas veces apelamos a nuestra intuición a fin de resolverlos.
En la gran mayoría de discusiones o planteamientos sobre temas económicos identifico este componente intuitivo como fundamento central de la opinión, y –hasta cierto sentido- lo encuentro natural (no lo encuentro científicamente adecuado, pero eso va mas allá de esta reflexión).
Si alguien discurre sobre lo mal que le va a la industria X, lo intuitivo es creer que una dosis de protección mejorará su posición vis-à-vis; si se recriminan las alzas consecutivas de los precios, es natural (intuitivo) suponer que el control de los mismos podría solucionar el problema; si faltan recursos en la economía, de igual manera algunos supondrán que una inyección de papel moneda facilitará el acceso a dichos recursos; y así sucesivamente.
A diferencia de la Escuela Austríaca, que entiende a la economía como una ciencia exacta dado que la metodología de análisis se basa en las construcciones conceptuales y en los axiomas de la acción humana, las diversas escuelas económicas (desde neoclásicos hasta marxistas) parten por el supuesto que la economía es una ciencia positivista, empírica, y –por lo tanto- intervenible (de ahí el concepto de “ingeniería social”). En el de esta divergencia de posiciones es que radica -a mi parecer-, esa laxitud en las discusiones informales. Desde que no existe una posición unánime sobre lo que constituye a la ciencia económica (en cuanto la metodología, epistemología y otros), las opiniones varían entonces tan profusamente como interesados en la discusión existen, agotándola antes que la misma empiece a crearse.

