La consecuencia de una ley de salario mínimo no es el aumento del ingreso de los trabajadores menos preparados, sino una reducción de sus oportunidades de empleo.

William Baumol

Zona de descargas

De Vuelta a la Realidad

http://www.institutoaccion.com/2007/08/21/de-vuelta-a-la-realidad/

Si bien es cierto que el hombre (a veces) aprende de sus errores, es claro que el estado, un cuasi-ente con vida propia, no solo los crea y recrea, sino además sobrevive por ello. Lo desconcertante, para quienes no creemos que el estado tenga mayor utilidad que la de la limitar la calidad de vida de las personas, es que exista tanta gente que siga esperanzada en tan estrafalaria idea.

Y si hay ejemplos que iluminan a lo que nos referimos, son en las crisis (sean naturales o sociales, políticas o económicas) donde la liebre salta más alto. Dos casos puntuales a seguir son la actual crisis desarrollada a partir de los fatídicos terremotos ocurridos recientemente en el Perú; y la crisis de las hipotecas de riesgo o “subprime”.

En el primero de los casos, el estado peruano ha demostrado –al igual que el estado norteamericano frente a los sucesos producidos por el Huracán Katrina en Septiembre del 2005- que lo privado funciona, y lo gubernamental decepciona. Ni está en capacidad de prevenir catástrofes (terremotos, “Niños”, huaicos, y otros), ni está en capacidad de responder a ellos. Para muchos, eso significará que existe una ausencia o insuficiencia de “estado”; para otros, es justamente la presencia exagerada del mismo la que agrava la situación. La razón es muy sencilla: la mayor presencia del estado significa menor capacidad de ahorro e inversión, lo cual se traduce en menores ingresos reales, conduciendo todo ello a la construcción de viviendas no preparadas para dichas calamidades de la naturaleza. Si el estado fuese uno más liviano y –esperamos- más eficiente, las personas percibirían mayores ingresos y tendrían con ello la capacidad de invertir más –y mejor- en su principal activo: la vivienda familiar.

En el caso de la actual crisis financiera –la cual está afectando a los mercados bursátiles- la razón es la misma: la crisis se desarrolla a partir de la intervención del estado en la política monetaria. Existe una oferta de dinero y una demanda del mismo; es decir, existe un mercado de dinero. Este mercado establece la tasa de interés –definiendo las preferencias en el tiempo de prestamistas y prestatarios. Cuando el estado interviene a fin de reducir las tasas, como hizo a comienzos de la década, envía señales al mercado que se traducen en una sobre-oferta de bienes y servicios; algo así como darle pólvora a un grupo de niños. Eventualmente el juego colapsa. La solución implementada por los bancos centrales, incluido el nuestro, de inyectar masa monetaria es altamente nociva; primero, porque cada dólar introducido al mercado resta capacidad adquisitiva a los que se encuentran en el mismo; segundo, porque al comprar las malas deudas lo que se genera es el espacio para la creación de mayores malas deudas y de mayores “mala-inversiones”. Lo que hubiese sido una crisis –aquellas que generalmente duran de uno a dos años- se va a transformar en una recesión, tal cual ocurrió en el 29.

Muchos seguirán creyendo que el estado es el comodín capaz de solucionarlo todo, no entendiendo –o no queriendo entender- que es la fuente primaria de los problemas. Si ello fuese así, y si entendiéramos que es finalmente la acción individual y los eventos producto de la misma en libertad, aquella que nos permite desarrollarnos mejor, ¿Invertiríamos en adobe o en ladrillo?; ¿Prestaríamos a quién no tiene como sustentar el pago futuro del crédito, o exigiríamos mayores garantías y muestras para otorgar los mismos? De paso, ¿Estamos preparados para asumir tanta responsabilidad? Yo creo que sí.