Sobre el SNIP
Jean Francois Revel, aquel genio liberal francés, propone una cuestión que debe ser atendida debidamente: el nazismo, como doctrina política, sucumbió en la segunda guerra mundial; es decir, terminó por motivos exógenos al mismo. El socialismo, sin embargo, sucumbió en casi todos sus ejercicios por motivos endógenos; es decir, inherentes a sí mismo, no necesitó de ninguna barrera ya que su ideología contenía en sí sus límites y términos. ¿Cómo así, entonces, hay un revival del pensamiento en nuestras latitudes, y que cuenta –además- con tantos defensores? ¿Es que no aprendemos de nuestros errores?
Unos más despiadados que otros, los regímenes comunistas (básicamente, la puesta en práctica de las ideas socialistas de Marx y Lenin) no solo fueron estrepitosamente equivocados en materia económica, fueron además crueles y violentos. Se calcula que el comunismo ha sumando más de 100 millones de muertes, entre guerras, genocidios y aquéllas provocadas por el sistema mismo (hambruna, desempleo, etc.). Así las cosas, por un lado una aberración en la práctica económica, y –además- cruel y despiadado con quienes dice favorecer, ¿cómo puede el pensamiento tener –aún- tantos adeptos?
Es incomprensible por el punto de vista técnico. Tanto en la teoría como en la práctica, el socialismo ha probado ser ineficiente en lo que a creación de riqueza se refiere. Las peores debacles económicas se han producido en medio de la absurda visión de la propiedad colectiva, y lo que la misma significa: ausencia de mercados, de precios y de incentivos.
Igualmente, es incomprensible por el lado moral. ¿Con qué cara pueden defender a un sistema que ha producido tanta barbarie y desolación? ¿Cómo se puede justificar que unos individuos sean medios para los fines de otros? Empero, ahí están los regresistas locales defendiendo a cuanto régimen socialista pueden (Allende, Castro, Chávez et al). Bueno, podría ser comprensible si uno piensa que muchos de ellos trabajaron apoyando regímenes similares, como el del dictador Velasco Alvarado, por ejemplo.
Creo que la respuesta va más por el lado psicológico de los socialistas. Después de tantos años de creerse la bobería, de pregonarla, de estudiarla, de apoyarla, de creer en ella, debe ser difícil mirar un día sus crueles y desastrosos desenlaces y decir “estuve equivocado”. Muchos deben haber recibido la noticia de la caída del muro de Berlín y haber exclamado “¡esa es una mentira de la oligarquía!”.
Si un gobierno de derecha crea una prebenda, se le considera parte de la oligarquía mercantilista; sin embargo, si el gobierno es de izquierda y expropia a un terrateniente, eso es “justicia social”. Si un gobierno de derecha asesina a una persona, es un crimen de lesa humanidad; si un gobierno de izquierda asesina a millones, existe el silencio cómplice de los radicales.
Los excesos de la derecha deben ser sin duda señalados y criticados; sin embargo, la izquierda y sus adalides locales no pueden seguir pretendiendo convencer a 14 millones de pobres que tienen una solución para sus problemas. Eso es, además de absurdo, es inhumano, conociendo muy bien los resultados de ello.

