Irracionalidad Nacionalista
Salgo a almorzar con un amigo y él pide vino. Oiga, pero que no sea chileno, dice, prefiero alguno peruano o argentino. Disculpa, pero lo racional es obtener la máxima calidad por el mejor precio, más allá de nacionalidades ¿no te parece?, pregunto. No me interesa, cualquier cosa menos vino chileno, se han tirado nuestras riquezas y tienen demasiadas inversiones aquí, y mientras, no nos dejan invertir allá, sentencia. Perdón si te vuelvo a molestar, pero ¿no es más racional querer que inviertan en el Perú lo más que puedan y así nos beneficiamos con las mejoras producto de ello?, consulto. La respuesta se convierte en una oda al nacionalismo; nada que pueda decir parece tener mucho sentido.
En principio, salvo que los caprichos y berrinches alegren de sobremanera la vida de algunos, lo racional es actuar dentro de ciertos axiomas praxeológicos, como son tratar de pasar de una posición de menor satisfacción a una de mayor satisfacción, lo cual es consistente con buscar la máxima calidad al más bajo precio.
Lo contrario, por supuesto, en una falacia económica. Y son justamente de esas falacias de las que nacen las propuestas más estrafalarias que escuchamos día y noche, a todo nivel profesional. Sandeces como que la economía es un juego de suma cero –es decir, que para que unos ganen, otros necesariamente pierden-, que la especulación es nefasta y amoral –cuando es la acción racional de cualquier agente económico y, además, pule la información en los mercados, volviendo a éstos más eficientes-, que los adelantos tecnológicos y la compra de maquinaria generan aumentos en el nivel de desempleo –cuando en el fondo lo que hacen es aumentar la productividad, mejorando con ello los márgenes de las empresas, objetivo final de las mismas -, entre otros, se convierten entonces en cultura popular. Desde ahí, claro está, solo el populismo, la demagogia y el mercantilismo puede devenir.
Siempre será curioso cómo nadie discute a un ingeniero sobre los cálculos realizados para una construcción, cómo pocos desafían el diagnóstico de un médico, cómo nadie discute la palabra de un astrónomo, pero todos contradicen, al punto de la burla, el análisis de un economista. Esto, claro está, no es nuevo, y la razón es sencilla y evidente: hay tantas posiciones ideológicas que hace imposible un consenso mínimo. Y ya que ni entre ellos se ponen de acuerdo, cualquiera podrá opinar libremente en base a sus creencias y tendencias ideológicas. Si somos incisivos, ni siquiera existe una definición unánime de lo que es la economía. Para algunos es la ciencia que estudia la asignación de recursos escasos a necesidades ilimitadas; para otros, es el estudio de la acción humana en cuanto al intercambio de bienes.
Por eso es importante el debate de ideas. Mientras que sigamos creyendo que los “ismos” son malos, que los “extremos” son virulentos, y que -al fin y al cabo- el centro siempre es saludable, seguiremos dando tumbos sin entender porqué algunos países crecen a mayores tasas que las nuestras.

