Encefalograma Electoral
La mayoría de los analistas coinciden en que el mapa post-electoral difiere en gran medida de las conjeturadas a priori (salvo la candidatura de Castañeda), y ello debe –o debiera- gozar de una respuesta sensata. Lamentablemente, lo que aparenta ser racional, no es en el fondo tan así.
La naturaleza humana supone que los individuos actúan intencionalmente, y ello se prueba desde el simple hecho que, para actuar, es necesario optar. El decidir si tomamos un vaso de agua o un jugo de fruta, requiere de valorizar ambas situaciones futuras (post la acción) frente a nuestras preferencias inmediatas; finalmente, qué es aquello que prefiero lo defino al actuar. En otras palabras, son a través de nuestras acciones que demostramos nuestras preferencias.
El elector, al afrontar una elección, procede de igual manera: existen diferentes candidaturas y entre ellas debemos escoger, comparando una situación imaginaria futura versus nuestras preferencias inmediatas; de ahí nace la opción, y de ella la acción. Es decir, votamos –supuestamente- por quién creemos mejor responde a nuestros valores, códigos, y alternativas de vida futura.
Lo racional, en una elección, debiera ser aquello que mejor sustenta el largo plazo; sin embargo, y al igual que con la elección por dejar de fumar o no, el corto plazo es tan satisfactorio que a veces se pierde el objetivo principal, optando así por una acción que pudiendo ser negativa, nos conforta más que aquella que nos beneficia a futuro. Ello, aunque suena irracional, finalmente no lo es; técnicamente, se conoce como inconsistencia dinámica.
Claramente, el ejemplo de un candidato que aspira a un trabajo prolongado, serio, incluso impopular, pero benéfico a treinta años, pierde frente al ofrecimiento de un populista, estatista e intervencionista, aquél que ofrece la panacea sin esfuerzo alguno. Algunos analistas atribuyen entonces una falta de reflexión por parte del elector al preferir lo segundo a lo primero, cuando –claramente- lo primero es mejor para todos. Empero, se sustenta en dicha inconsistencia y en las bases del sistema democrático.
La democracia no supone otra cosa que un sistema electoral, donde es elegido aquel que logre la mayoría simple, sea en primera o segunda vuelta. Por ello, los incentivos a los que responden los candidatos son a ofrecer aquello que los electores requieran, sean obras, expropiaciones, o lo que sea. Si es bueno o malo en el largo plazo, no importa; lo que importa son las preferencias de corto plazo de los electores. Aquí no valen ni ideologías, ni partidos; solo valen las promesas y las caras. Alucinemos ahora a qué nos exponemos con este sistema.

