Empresario, ¿Dónde Estás?
Nos referimos recientemente al empresario –no así al mercantilista- como el punching-bag de la izquierda local. Si no hay nada particular sobre qué opinar, ahí están para servirles de entretenimiento. Ellos, ya acostumbrados a la práctica y felonía de estos grupos, asienten nomás.
Con un mínimo de sentido común, replicarían apoyados en sólidos argumentos como el de Mises (quién los considera el motor de la economía; ergo, de nuestra sobrevivencia); o el de Kirzner (quién los califica como aquél tomador de riesgos por adelantado, capaz de entender -como nadie- los márgenes dejados por otros); o Rothbard (quién aclara que el empresario es un servidor de los consumidores, ya que buscan oportunidades disminuyendo los márgenes de los productos vigentes); entre otros.
Pero no. Si el estado los exprime y expropia –con el apoyo de los “intelectuales” locales-, aceptan, sumisos y condescendientes. ¿Dónde está ese afán por emprender? ¿Acaso aquellos que los insultan y señalan despectivamente, generan los beneficios que brindan ustedes a la sociedad? ¿Son ellos tan permisivos con sus ganancias, como quieren que ustedes sean con las suyas?
Personalmente, nunca he conocido a un empresario que duerma tranquilo; que sienta que tiene el futuro ganado; que no salga temprano y llegue tarde a su casa; que no sea minucioso con los números; o que no esté al pie del cañón, ensuciándose las manos; que no vea el sacrificio de años como solo un acto natural; que no se eduque y haga lo propio con sus hijos; que no se respete y no sea, a su vez, respetado por quienes lo acompañan. En resumen, ser empresario –sin ser mercantilista- en un país como éste, es digno de admiración.
No puedo decir lo mismo de la mayoría de “intelectuales” locales, a quienes veo muy apasionados en sus críticas, pero viviendo a costa de ellos; criticando sus ganancias en los medios, felicitándolos luego en cócteles privados; desgarrándose las vestiduras por los pobres, aplaudiendo igualmente las políticas estatales que empobrecen; generalizando el apelativo “mercantilistas”, empero celebrando el proteccionismo, reclamando ahora un falso “nacionalismo”.
Tampoco podemos decir lo mismo del burócrata promedio, gran señorón de los acosos al empresario, empero defensor de dictaduras, corrupción y expropiación; grandes facinerosos de quienes producen, critican al que innova y mejora la calidad de vida, asaltándolos luego en las campañas electorales.
Vaya sociedad. ¿Qué sería de nosotros si los empresarios –efectivamente- cerrasen sus fábricas o las mudasen a otro país? ¿Nos mantendrán los intelectuales y burócratas locales? Vaya burla.

