¿A Expensas de Quién?
El estado, esa gran entidad ficticia a través de la cual todos quieren vivir a costas de los otros –como bien decía F. Bastiat-, ha sido una vez más ofrecido como la gran panacea en las recientes elecciones generales. Tanto de la supuesta derecha como de la izquierda moderada y radical hemos atendido propuestas que ofrecen más del mismo programa político que nos ha gobernado los últimos 60 años. El argot político local no puede –hoy en día- bostezar una propuesta sin mencionar a la aludida entidad.
Es imprescindible recordar que cada sol requerido para sostener al estado es un sol menos en manos privadas; un sol menos capaz de crear ahorros, inversiones, puestos de trabajo, y crecimiento económico. Así, cuando nos venden como solución una propuesta que parte en el estado, lo que realmente nos ofrecen es menor capacidad de desarrollo y progreso, con el consiguiente alivio de la pobreza que impera hoy en día (estado = impuestos = menores ahorros = menor inversión).
Sin embargo, existe un hecho que merece un análisis más profundo y concienzudo. Cuando se presenta como solución la intervención del estado, está puede beneficiar tanto a consumidores –controles de precios, por ejemplo- como a los productores –subsidios, aranceles, et al-. Empero, cada medida emanada por el estado para mitigar una supuesta falla del mercado es dirigida hacia el beneficio de un grupo a expensas del otro. Así, el control de precios beneficia a los consumidores a costa de los productores, y los subsidios o aranceles benefician a los productores a expensas de los consumidores.
¿Quién otorga al estado este monopolio de la arbitrariedad?¿En qué momento hemos votado a favor o en contra de beneficiar a unos o a otros? Lamentablemente, lo hacemos cada quinquenio en las urnas, nosotros, los electores. Esta vez, elegimos al APRA, partido históricamente enamorado del estatismo, en disímiles formas y honduras. Basta echar una mirada al plan de gobierno aprista para encontrar al menos 460 propuestas de estatismo: desde la homologación de sueldos en algunos sectores, hasta la modernización de la escuela de marinos mercantes, pasando por la creación de bancos de fomento, la inversión en infraestructura diversa, y otros.
Todo ello suena muy bien y muy agraciado. El problema, de nuevo, radica en la pregunta de Ayn Rand: ¿a expensas de quién? El Banco Agrario, por ejemplo, servirá una vez más para otorgar créditos que en el sector privado no han sido debidamente aceptados; empero, el estado decide otorgarlos: ¿a costa de quién? Si el agricultor, por problemas de índole tecnológica, cognitiva, o climática, pierde la cosecha –y con ello se imposibilita el pago de la deuda- ¿quiénes sustentan dicho no pago? Una vez más, nosotros, los electores. De igual manera se puede analizar la instauración de fondos de financiamiento, la creación de nuevas instituciones estatales, y otras medidas que implican mayor gasto, y –por ende- mayores impuestos.
La mejor forma de fomentar el desarrollo es permitir a los agentes privados –es decir, a cada peruano- la capacidad de ahorrar e invertir en todo aquel proyecto que sea de su interés personal. Un estado limitado (mínimo) requeriría de limitados recursos (impuestos) permitiendo así la creación de ahorro e inversión, pilares fundamentales del desarrollo y la reducción de pobreza.

