La consecuencia de una ley de salario mínimo no es el aumento del ingreso de los trabajadores menos preparados, sino una reducción de sus oportunidades de empleo.

William Baumol

¿A Expensas de Quién?

http://www.institutoaccion.com/2006/06/18/%c2%bfa-expensas-de-quien/

El estado, esa gran entidad ficticia a través de la cual todos quieren vivir a costas de los otros –como bien decía F. Bastiat-, ha sido una vez más ofrecido como la gran panacea en las recientes elecciones generales. Tanto de la supuesta derecha como de la izquierda moderada y radical hemos atendido propuestas que ofrecen más del mismo programa político que nos ha gobernado los últimos 60 años. El argot político local no puede –hoy en día- bostezar una propuesta sin mencionar a la aludida entidad.

Es imprescindible recordar que cada sol requerido para sostener al estado es un sol menos en manos privadas; un sol menos capaz de crear ahorros, inversiones, puestos de trabajo, y crecimiento económico. Así, cuando nos venden como solución una propuesta que parte en el estado, lo que realmente nos ofrecen es menor capacidad de desarrollo y progreso, con el consiguiente alivio de la pobreza que impera hoy en día (estado = impuestos = menores ahorros = menor inversión).

Sin embargo, existe un hecho que merece un análisis más profundo y concienzudo. Cuando se presenta como solución la intervención del estado, está puede beneficiar tanto a consumidores –controles de precios, por ejemplo- como a los productores –subsidios, aranceles, et al-. Empero, cada medida emanada por el estado para mitigar una supuesta falla del mercado es dirigida hacia el beneficio de un grupo a expensas del otro. Así, el control de precios beneficia a los consumidores a costa de los productores, y los subsidios o aranceles benefician a los productores a expensas de los consumidores.

¿Quién otorga al estado este monopolio de la arbitrariedad?¿En qué momento hemos votado a favor o en contra de beneficiar a unos o a otros? Lamentablemente, lo hacemos cada quinquenio en las urnas, nosotros, los electores. Esta vez, elegimos al APRA, partido históricamente enamorado del estatismo, en disímiles formas y honduras. Basta echar una mirada al plan de gobierno aprista para encontrar al menos 460 propuestas de estatismo: desde la homologación de sueldos en algunos sectores, hasta la modernización de la escuela de marinos mercantes, pasando por la creación de bancos de fomento, la inversión en infraestructura diversa, y otros.

Todo ello suena muy bien y muy agraciado. El problema, de nuevo, radica en la pregunta de Ayn Rand: ¿a expensas de quién? El Banco Agrario, por ejemplo, servirá una vez más para otorgar créditos que en el sector privado no han sido debidamente aceptados; empero, el estado decide otorgarlos: ¿a costa de quién? Si el agricultor, por problemas de índole tecnológica, cognitiva, o climática, pierde la cosecha –y con ello se imposibilita el pago de la deuda- ¿quiénes sustentan dicho no pago? Una vez más, nosotros, los electores. De igual manera se puede analizar la instauración de fondos de financiamiento, la creación de nuevas instituciones estatales, y otras medidas que implican mayor gasto, y –por ende- mayores impuestos.

La mejor forma de fomentar el desarrollo es permitir a los agentes privados –es decir, a cada peruano- la capacidad de ahorrar e invertir en todo aquel proyecto que sea de su interés personal. Un estado limitado (mínimo) requeriría de limitados recursos (impuestos) permitiendo así la creación de ahorro e inversión, pilares fundamentales del desarrollo y la reducción de pobreza.